“EL NEGRO BRAGADO Y CAPACHO”… CUENTO TAURINO.

Caía la noche, clara noche de impresionante luna llena, un joven trío de maletillas se refugiaban del jolgorio cercano bajo la destartalada marquesina de un comercio en desuso, platicaban lo de siempre, de toros, de toreros, de sus andanzas y de la desilusión generalizada por la falta de festejos donde alguno de ellos pudiera participar, eran Julio, Emilio y Sebastián, faltaba su inseparable amigo Juan Pablo, él andaba por el Distrito Federal buscando debutar profesionalmente, era el más avezado, todos ellos nativos de la pequeña ranchería de Cañada Honda, localidad vecina a la ganadería de D. José Luis Villa Santamera de la comarca de Santa Lucia a orillas del río Loreto. Julio, el mayor de ellos, sugiere…

-¿Oigan, que tal si ya, por fin, nos animamos y hacemos lo que tanto hemos platicado, ir a torear de noche?-

No es mala tú idea, dice Emilio y agrega. -Es hora de decidirnos.-

-Muy cierto, irrumpe Sebastián, no lo pensemos más, hagámoslo hoy mismo, estamos a muy buen tiempo, vayamos a casa por capotes y muletas.

-Emilio agrega… “Seguramente hoy no encontremos obstáculos de vaqueros despiertos o al alba, “El Gordo”, el caporal, se ha casado con Laura mi tía, la fiesta va para largo, vi que en la mañana llegaba una gran cantidad de cajas con tequila, desde anoche preparaban los hornos para la barbacoa, enormes ollas de mole las estarán devorando, pulque hay como para llenar una alberca, esto será nuestro aliado, la fiesta va para largo”.-

-Pues no se hable más, andando, “caminando y miando para no hacer charco”, vayamos a nuestras casas, son las diez de la noche, a las doce nos vemos en la vereda o en la puerta del potrero San Pedro. Procuren que nadie sé de cuenta que salen, rodean por atrás de la capilla, así es más seguro, ahí no hay nada ni nadie que nos descubra, a esas horas ya todos estarán muy metidos en la fiesta y con media estocada.-

El cielo se dejaba ver con asombrosa claridad, la enorme y brillante luna llena les facilitaría lo pretendido. Julio, Emilio y Sebastián son primos, el secreto de transgredir y profanar esos terrenos quedaría en secreto de familia.

El caserío no queda lejos de los potreros, el llamado San Pedro es donde están las vacas, más retirado, para evitar “enamoramientos no deseados”, le sigue el Santa Lucía para la engorda de novillos y es a este a donde se dirigen. Más allá es el terreno de los imponentes astados que están listos para lidiarse en plazas de primera.

Agazapados entre matorrales y arbustos recorren las cercanías de las últimas viviendas de Cañada Honda, toman precauciones, no quieren ser descubiertos, un mal paso dado los podría dejar a la vista de los enfiestados que no estaban muy retirados.

No tardan en llegar a su meta. La cerca de piedras, la divisoria entre la vereda y el potrero, la saltan con cautela, el agrupado hato de vacas está a la vista, tratan de deshacerlo lanzándoles pequeños pedruscos y esperar a que una de ellas se separe, esta será la que el destino les haga torear. Julio dice en voz baja.

-Vámonos de aquí, si verdaderamente queremos sentirnos toreros lleguemos hasta donde están los novillos.-

Todos están de acuerdo, aceptan, siguen su camino hacia el distante hato. Uno de ellos lleva en medio de su lío algo de comida, paran un momento y lo consumen. Sebastian ríe, la trata de tapar cubriéndose la boca con la mano y les explica el porqué de ella… -Quedamos de no hace ruido, sin embargo lo estamos haciendo, las tortillas frías y duras crujen mucho.-

Julio y Emilio, que están a su lado, fingen tirarle un golpe, la ocurrencia fue aceptada con nerviosa simpatía, continuaron su camino. Minutos después tenían a la vista la manada buscada, el montón de jóvenes astados estaba a su alcance. Emilio pide ir primero, no se lo permiten, escogerían al afortunado por medio de un supuesto sorteo que se hace con pequeñas ramas, quien saque la menor, que ya las tiene Julio entre la mano cerrada, es quien ira por delante. La suerte está de lado de Emilio, es él quien deberá de escoger el novillo a torear. Toma su descolorida muleta llena de enormes costurones y pide a sus parientes preparen sus capotes, en su momento tomaran turno para intentar pegar derechazos y naturales.

A la distancia distingue a un solitario bonito negro bragado de cuerna capacha, ese será el escogido, con paso lento y hablándole quedamente intenta no espantarlo. El engaño en la diestra y el consabido… ¡Toooro, toooro!… ¡Toooro, toooro!

Pero…

Pero cuando sus compañeros creían que estaba por comenzar a torear notaron que su amigo y familiar, de forma muy lenta, principia un retroceso que no comprenden. Al salir de la distancia como para que el capacho le embistiera, con ellos ya de cerca, les argumenta que deben de huir, que vio sombras de vaqueros a caballo y emprenden el retorno de inmediato, conocían de antemano que si fuesen descubiertos, el ganadero don José Luis, los vetaría de por vida e inclusive avisaría de sus fechorías a los empresarios regionales y así terminarían sus sueños de gloria.

Saliendo el sol la pequeña ranchería de Cañada Honda parecía no tener habitantes, los pequeños agricultores y los vaqueros de la ganadería brillaban por su ausencia, las consecuencias de la fiesta los tenía en casa, si acaso trabajando estaban serían los cuatro o cinco vecinos que debían de ordeñar sus vacas, ellas no esperan, ellas no fueron requeridas en el festín casamentero. El silencio imperaba, continuaba el aroma a humo, el de las acostumbradas fogatas en esas fiestas, el olor característico de la pólvora quemada para despedir a los recién casados que con seguridad acababan de retirarse, son costumbres muy arraigadas que afortunadamente se conservan en el campo mexicano, tirar la casa por la ventana, así mañana regresen a romperse el alma y la espalda en sus cortas parcelas.

Los tres amigos caminaban en silencio, desilusionados, Emilio era quien se notaba demacrado, taciturno, pensativo e inclusive nervioso. Pasos adelante los detiene y les declara que debe de confesarles algo muy penoso, sin más agrega…

-Anoche ni vi a ningún vaquero, simple y sencillamente no creí correcto lo que hacíamos, de haberlo logrado hubiéramos partido y reventado a quien la suerte dejara lidiar a esos novillos en alguna plaza. Perdónenme, no fue miedo, palabra que fue respeto a quienes están tan desesperados como nosotros.-

No dan crédito a lo que escuchaban, ellos iban decididos a todo, las circunstancias conocidas los orilla a cometer errores, nadie toma en cuenta a los humildes pero oscuros pudientes personajes rinden hipócrita pleitesía a los triunfadores, la misma que retiran a la primera tarde que su supuesto torero protegido se ve mal.

Estaban a punto de hacer un fuerte reclamo cuando escuchan el conocido silbido entre taurinos, es Juan Pablo que va llegando de la capital mexicana, corre hacia ellos, los abraza, la emoción se le nota por todos lados y les cuenta.

-¡Por fin! ¡Ya se me hizo!… Ayer en el Distrito Federal me recibió en su casa don José Luis, le pedí me ayudará a conseguir una oportunidad, que me recomendará con la empresa. Me quedé mudo ya que les llamó de inmediato diciéndoles que él me regalará un novillo. No lo podía creer, me dice es un capachito, negro bragado, y debuto en la Plaza México en quince días. Será en una de selección. Me decía el ganadero que ese novillo, aun siendo capacho, es puro San Mateo y que me llevará a conocerlo mañana que andará por aquí, iré, pero desde luego ustedes me acompañaran, para eso somos amigos.-

Juan Pablo no entendía el por que los ojos de sus compañeros de andanzas estaban llorosos, pensó era de gusto y emoción por su próximo debut, por algo eran amigos. Tan lo eran que Julio y Sebastián abrazaron fuertemente a Emilio que dirigía su mirada a las alturas mientras una lagrima rodaba por sus mejillas… FIN.

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