Sergio Martín del CampoCronista Taurino

Con más de media entrada se ofreció la segunda novillada en el viejo coso San Marcos de la capital de las aguas calientes.

Esta vez la empresa adquirió un encierro quemado con el hierro legendario de José Julián Llaguno –severo título-; pero para seguir haciendo honor a la realidad, la partida no dio lo esperado en lidia.

Sí que fueron seis astados de buena presencia, bella lámina y trapío, aunque dispares en tipo. La mayoría recargó en las corzas de las cabalgaduras; aplaudido fue el segundo de la tarde al aparecer en el anillo; mismo premio recibieron el cuarto y el sexto, pero cuando sus despojos eran arrastrados al desolladero.

El primer espada, José María Mendoza, fue el que mejor quedó ante la afición; tiene honda expresión y el valor necesario para enfrentar a las reses de casta.

No mal anduvo Julián Garibay, joven que sobre todo tiene valor, y el local Carlos Luevano tiene todo aún por recorrer camino largo; fue esta su segunda actuación como novillero. Queden asentados algunos apuntes artísticos en su haber.

Fijeza, nobleza y clase expuso el abre plaza; su poca energía, sin embargo, demandaba trato amable; nada de exigencias ni hostigamientos. Eso hizo el joven defeño José María Mendoza (palmas y vuelta al ruedo por su cuenta) y su proceder correcto le redituó una faena decorosa con destacados momentos, sobre todo por el pitón derecho. Por desgracia lo que el público le agradeció batiendo palmas en el bloque muletero, le reprochó con pitos cuando dejó una estocada de buena ejecución, pero de pésima colocación.

Para recibir a su segundo, veroniqueó sin repercutir su hacer en el cotarro, no así al forjar un quite por chicuelinas.

Lo mejor llegó en el tercio final, en donde el cárdeno descubrió ductilidad, y el chaval expresión y sentimiento al torear. En buen tono y notado son, realizó un trasteo en el que mejor brilló por el pitón derecho con pases muy templados los más, pero al que no pudo adornar en la suerte suprema, sino hasta el tercer viaje con una estocada contraria a la que hubo de agregar tres descabellos.

El ímpetu de las primeras embestidas del segundo de la función, quedaron absorbidas en las buenas verónicas del tapatío Julián Garibay (palmas y silencio), quien se deshizo de la capa no sin enseñar un valiente quite por saltilleras. El poder de las embestidas siguió de manifiesto en las tandas iniciales de la muleta, pero nada tardó el bicorne en quedarse parado, y al de la Perla de Occidente no le quedó otro recurso que mantenerse dispuesto en todo momento, actitud que la clientela le reconoció. Terminó su primera aparición pinchando primero y ejecutando media estocada efectiva después.

Una caída sobre el albero provocó clara merma en las facultades físicas del quinto, y llegó a la sarga en calidad de marmolillo. Pese a la insistencia del joven, bien poco logró, fuera de enfadar a la mayoría de los presentes.

El que no sabe matar, bien diáfano se le observó.

Bien pocas embestidas dio el bien armado tercero de la tarde; había que provocárselas con extractor. A pesar de esta inconveniencia y de su escaso rodaje, el aguascalentense Carlos Luevano (división y palmas) resolvió con aprobatoria calificación. Se dio insistente y más o menos enterado de lo que es practicar la tauromaquia al usar la muleta, no así al emplear la toledana, parte en la que más bien tuvo suerte, ya que con pinchazo hondo en el morrillo el utrero dobló pronto.

El que salió al redondel para cerrar plaza, tenía recorrido, fijeza y clase. Fue el novillo de la tarde. Lamentablemente el chaval local jamás le encontró la distancia, el son y el tiempo. Se dedicó a pegarle pases sin mando, ni ton y mucho menos ritmo. Si bien expresó algunos apuntes de arte, nunca concretó la faena. Inédita la res, hubo de tirarse a matar hasta en dos ocasiones y por nada le mandan un aviso.

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