Luego de reiterados triunfos en todas las plazas del orbe, de salir en dos ocasiones por la Puerta Grande de Las Ventas de Madrid, una de ellas cortando cuatro orejas a toros de Atanasio Fernández, el 22 de mayo de 1972 (la misma tarde en que un acomplejado juez le soltara un rabo de consolación a Palomo Linares), de alternar con y superar a los mejores del mundo, de inmortalizar innumerables toros, de aprender de su padre, de distanciarse de él y luego reconciliarse, de enamorarse, casarse y divorciarse, y de repartirse el pastel de la fiesta brava de México por casi dos décadas al lado de Manolo Martínez y Eloy Cavazos, el martes 23 de enero de 2001 Curro Rivera, toreando una vaquilla en la plaza de tienta de su ganadería, la misma donde había recibido sus primeras lecciones de tauromaquia, al dar un derechazo dejó de sentir el sol y de obsesionarse por los triunfos y de preocuparse por su anhelada reaparición en los ruedos, al desvanecerse para siempre en la postrer la faena de su impetuosa existencia.

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Un aficionado volvió a decirme: “la fiesta de los toros es mucho más rica que los aciertos y desaciertos de las empresas. Olvídate de éstas y dale cabida a otros temas que la fortalezcan”. Mira, repliqué, pasa como con la educación en las escuelas y la televisión: de nada sirve que medio se fomenten la lectura y ciertos valores; las toneladas de basura −escoja partido− en la perversa programación televisiva, abierta o por cable, entorpecen cualquier intento educativo. Lo mismo ocurre con el empresariado taurino en el mundo y sus añejos vicios.

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Siendo como somos, federativamente mediocres en el futbol, ¿de dónde salió esa violencia extrema, demencial, de las llamadas barras bravas, antes conocidas como porras y hoy convertidas en halcones deportivos? Del dinero con el que también bailan falsos partidarios del balompié y ocasionales atacantes a sueldo de partidarios enemigos. El conspiracionismo aparece incluso en las inseguras canchas de futbol, ya que la idea sigue siendo desestabilizar a como dé lugar.

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No faltará quien se indigne con el encabezado de la columna, pero uno de los pecados capitales de este país es el avestrucismo o arraigada costumbre de esconder la cabeza ante un problema, rehuir una confrontación o negar que se es parte de un problema. Por cierto, un amigo zootecnista me informa que estas aves no rehúyen nada sino que cuando bajan la cabeza cavan en el suelo en busca de alimento o hacen un agujero donde depositarán sus huevos.

A propósito Decía un prestigiado político mexicano de otra época, claro, que “Una sociedad sólo conserva en la medida en que puede cambiar, pero a la vez, esa sociedad puede cambiar en la medida en que puede conservar.” Y agregaba: “Aquellos que no conservan claro lo esencial del pasado, difícilmente construyen algo sólido para el futuro”. Pues sí.

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Aguántate tantito, lector paciente, que será sólo un párrafo. El problema de los habitantes de nuestro planeta, pobrecito, empeñosos pero sin idea, no es la ambición, ni la acumulación, ni la desigualdad, ni el afán de dominio, ni las creencias, ni los prejuicios; vamos, ni siquiera la explotación de unos cuantos sobre unos muchos. El problema es algo que ningún poder en ninguna época ha querido enfrentar colectivamente: la escasez neuronal que nos cargamos todos, desde que nacemos hasta que morimos, lo que deja al planeta a merced de los poderes, es decir, de los que más tienen, no de los que mejor piensan.

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Escribe un médico: “…lo más paradójico, es que muy pocos logran darse cuenta de que la pésima alimentación industrializada, la desnutrición por pobreza, la contaminación atmosférica e hídrica, el alcoholismo y las adicciones toleradas y alentadas por el sistema, el stress urbano y la tensión económica y laboral, la proliferación de moscas, cucarachas, mosquitos y ratas, las drogas, la violencia, la inseguridad y los accidentes vehiculares, la sedentarización y la carencia de agua potable, el drenaje y tratamiento adecuado de las aguas negras o la proliferación escandalosa de basura en todas las ciudades y pueblos, lotes baldíos o espacios públicos, contribuyen a tener las condiciones más adversas para la salud humana, incluidos el patogénico fecalismo al aire libre de caninos, felinos, palomas y demás, sin incluir los lastimosos contenidos de radio y televisión, abierta y de paga; todo ello nos condena, a diario, a una muerte lenta, prolongada y dolorosa, y al mismo tiempo ridícula y dantesca, de una humanidad sin idea casi de nada en medio de tantos avances mal utilizados”.

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Ciudad de México. Sobre esta corrida la crítica orgánica hablará de apoteosis pero, si no es por dos toros, la corrida de ayer en la Plaza México habría resultado un auténtico petardo. Fue ante más de 25 mil personas −ojo, grillos prohibicionistas y condolidos animalistas−, aunque con un inusitado preámbulo entre laico y religioso, pues previo al paseíllo salieron dos contingentes de uniformados portando sendas banderas, una con escolta y otra enrollada, con ocho integrantes que luego la desplegarían, más una banda de guerra.

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