Cuando un monopolio taurino intenta promover la asistencia de jóvenes a una novillada anunciando que si cumples años en el mes de noviembre “ven con cinco amigos y te regalamos una botella, válido para la novillada del 21 de noviembre”, el creativo del consorcio no logra distinguir entre lo que es el gusto por el neutle, individual o colectivo, y simplemente incitar a la embriaguez para exaltarse con lo que sea y disminuir la capacidad de apreciación de los asistentes, enfiestados con vodka o ginebra, los “nuevos” promotores de la fiesta de los toros siguen confundiendo diversión con emoción.

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Que no le digan, que no le cuenten. La tarde de ayer en la novillada de reapertura en la Plaza México se caracterizó por varios tropiezos: primero, anunciar reses de Jaral de Peñas y a los pocos días cambiarlas por un encierro de San Diego de los Padres, ahora propiedad de Pepe Marrón, singular por la suavidad de su criterio ganadero. ¿No tuvo Jaral de Peñas manera de sustituir las reses que, según comunicado, “se lastimaron en el campo bravo”, por otras? ¿La inefable empresa no encontró otra novillada mejor presentada que la de Marrón, quien por cierto volverá a lidiar el próximo domingo?

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Las dos son capitales y llevan el nombre de sus respectivos estados, las dos son de una deliciosa personalidad urbana, las dos presumen de gran tradición taurina y arraigada afición, las dos son ejemplo de una preservación identitaria que quisieran la mayoría de los estados, cada una conserva una distinta apreciación de la fiesta de los toros gracias a un mejor o peor manejo político y empresarial de su rica tradición taurina, y las dos, por demasiadas razones, son dueñas legítimas de mi corazón.

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Abundó la devoción, pero escaseó la bravura. Sólo que esta no es una fiesta de peregrinaciones, sino de emocionadas creencias en el encuentro sacrificial entre toro y torero, lo que a los renegados promotores de la reactivación de las corridas de toros en México sigue sin quedarles claro.

El sábado 30 se llevó a cabo la primera corrida del breve serial que la empresa del coso de Insurgentes ofrecerá, más por ver las reacciones del público que por reactivar en serio la fiesta de los toros en la capital. Para darle un toque de originalidad la denominaron Corrida de Las Luces, nocturna y con velas, como en Huamantla, Tlaxcala, con todo y procesión, aunque allá es la virgen de La Caridad y acá salió la del Rosario.

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Cuando no se puede aunque se quiera, y cuando no se quiere aunque se pueda, podría decirse de los dinámicos promotores de toros en México, sin incluir desde luego a los empeñosos senadores taurinos de Morena, cuya discreción es directamente proporcional a sus aportaciones a la llamada fiesta brava, pues últimamente las embestidas descompuestas se ven afuera de las plazas.

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 Periódico La Jornadadomingo 12 de septiembre de 2021 , p. 8a Lástima que taurinos y autoridades no se comporten con la oportunidad de algunos militantes al interior de Morena, donde el senador Armando Guadiana, reinstalado en su cargo luego del fallido intento por convertirse en alcalde de Saltillo, ofrece hoy domingo una corrida de toros con motivo, como en tiempos del virreinato, del ascenso a la gubernatura de Zacatecas del licenciado David Monreal Ávila, apoyado también por el acrobático y amnésico Partido Verde. Por su silenciosa parte, los taurinos de México continúan sin moverse en el callejón, como se dice en el argot, para no tocar o distraer a ninguna instancia de gobierno que pudiese autorizar, con las medidas sanitarias que se quiera y el aforo permitido que se ordene, la reanudación de espectáculos de toros en la Ciudad de México, con apenas 495 años de antigüedad aquí. Aunque la voz cantante del negocio en el país la lleva Espectáculos Taurinos de México, SA (Etmsa), propietaria de las plazas más importantes, arrendataria de la monumental Plaza México y parte del poderoso Grupo Bal, consorcio cuya cabeza, don Alberto Bailleres, luego de más de medio siglo al frente, cedió los trastos a su hijo Alejandro a mediados de este año. Pero lo que más inquieta a los taurinos no es ese reciente relevo, sino que Alejandro, egresado de la Universidad de Stanford, no tiene la misma afición que su padre y su hermano Juan Pablo por la tauromaquia y la crianza de reses bravas. Ello explica en parte el desatento mutismo ante la afición y el público de los socios, asesores y operadores de TauroPlazaMéxico, la empresa de Etmsa que hace cinco años maneja el coso de Insurgentes y que precisamente este mes concluye el contrato de arrendamiento con el dueño de la plaza, Antonio Cosío, quien seguramente habrá de renovarlo, pues lo que a él le interesa es la renta, no el rumbo que tome la fiesta de toros en México en manos de sucesivos inquilinos, sin rigor de resultados financieros y, lo peor, sin efectos de reposicionamiento. El servicio al cliente no es el fuerte del empresariado mexicano, pero a este ninguneo de la empresa hacia el público hay que agregar la inmovilidad provocada por casi 18 meses de confinamiento en los que ningún gremio taurino ha sabido o querido alzar la voz. Entre tanto, su admirada España, donde hasta toque de queda hubo con motivo del virus, hace tiempo inició la reactivación de su fiesta de toros con todas las medidas sanitarias que se quieran y distintos porcentajes de aforo, pero anunciando ferias e incluso seriales en Sevilla y Madrid, entre otras. Taurinos y autoridades deben sentarse, ya, a acordar la reanudación de espectáculos taurinos en la Ciudad de México –30 por ciento del aforo del coso de Insurgentes son 12 mil espectadores, pero no se ha querido echar mano de productos ganaderos y humanos para atraerlos con combinaciones imaginativas. Reactivar el cerebro y la voluntad siguen siendo

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Aunque gracias a Dios no se sabe de ningún comunista infiltrado, en el estalinismo que caracteriza al negocio taurino, donde a los barones del dinero y a las élites no se les toca ni con el pétalo de un adjetivo, a pesar de su voluntarismo ineficaz para ver que la fiesta de los toros es bastante más que pasatiempo de potentados y ofensiva relación de explotadores y explotables, los periodistas orgánicos, comprometidos con la visión e intereses de esas élites, acusan una pobre actitud crítica o plegada al gusto de los todopoderosos que dicen mantener y promover la tradición taurina de México, aunque ni la entiendan ni la valoren.

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No hay tradición que se nutra de mentiras y menos de indiferencia. Todo indica que tanto a los públicos ocasionales (minoría) como a los asiduos (otra minoría) les importa un rábano si a México regresan las corridas de toros o Ponce, Hermoso, Morante o Ferrera (el diestro consentido reciente del monopolio Bailleres), o si alguna imaginativa y minúscula empresa tiene a bien anunciar carteles en donde a la media docena de nacionales que medio figuran se añaden los nombres de otra media docena de los “descubiertos” en ese cachondeo denominado México busca un torero, promovido por la empresa de la Plaza Muerta antes México, como presagiara hace años el cronista Lumbrera Chico.

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Mientras en Villaseca de la Sagra, Toledo, poblado con 2 mil 500 habitantes, se anuncia a cuatro destacados novilleros mexicanos, Diego San Román, Arturo Gilio, Isaac Fonseca y Miguel Aguilar, por acá el monopolio sigue campante buscando toreros que buen cuidado tiene de no incluir en sus aislados festejos.

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Hubo tiempos en que hasta nos creímos primer mundo, no tanto por nuestros avances reales como por decretos puntuales de gurús más o menos convincentes. Y luego un tratado comercial con los vecinos más poderosos y el neoliberalismo y la globalización y nosotros instalados en consumidores del universo, sin más trabas que las impuestas por el pensamiento único y el consenso de washington, que no por nada se es subdesarrollado.

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