Toreó en las cuadrillas de Antonio Bienvenida, Luis M. Dominguín y Ordóñez, entre otros

A la edad de 87 años y tras una larga enfermedad, ha fallecido en la capital andaluza Andrés Luque Gago (Sevilla, 1932), un torero de plata que estuvo al lado de algunas de las grandes figuras de los años 60, 70 y 80, y se ganó un reconocido prestigio por su excelsa torería.

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El presidente fue muy exigente con Juan del Álamo al no atender la mayoritaria petición de la segunda oreja tras la muerte de su primer toro; y, quizá, tenía razón, pero se habían concedido trofeos tan baratos en esta feria que parecía injusta la extrema dureza del palco.

Pero el torero salmantino se propuso salir por la puerta grande y lo consiguió a base de pundonor, de entrega y de arrojo ante el deslucido sexto.

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Cuando Ángel Otero, miembro de la cuadrilla de David Mora, levantó los brazos en los medios de la plaza y llamó la atención del segundo toro de la tarde, Las Ventas guardó el silencio que demandan las grandes ocasiones. Su oponente lo esperaba en la raya del tercio, y la preocupación general tenía más que sobrados motivos. El toro, manso de libro, huidizo y acobardado, de violentísimo y dificultoso comportamiento, se engalló, lució al cielo sus astifinos e inició un veloz y fiero acercamiento hacia su presa.

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Después de 31 días de festejos continuados -24 corridas (una de ellas se suspendió por lluvia), cuatro espectáculos de rejoneo y tres novilladas-, la conclusión más preocupante es que la Feria de San Isidro, la más importante del orbe taurino, ha puesto de manifiesto el rotundo fracaso del toro bravo.

Aunque el jurado de Taurodelta, gestora de Las Ventas, ha destacado la corrida de Victoriano del Río, lidiada el 1 de junio la tarde de la Beneficencia, como la mejor del ciclo, ninguna ganadería ha brillado con verdadera luz propia en el largo serial, que se ha caracterizado por un río desbordante de mansedumbre, falta de casta y fortaleza, y ausencia de bravura y acometividad, lo que ha determinado un ciclo fundamentalmente aburrido y decepciona

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Hubiera sido muy bonito que Ojeador, el toro de Miura que cerraba la muy larga Feria de San Isidro, se hubiera comportado como lo que pareció en el tercio de varas, bravo y encastado. Pero todo quedó en un sueño. Hubo alegría, es verdad, pero entrecortada por la ausencia de calidad y recorrido, de clase en una palabra, en el último tercio.

Ojeador ofreció unas migajas, y el aficionado taurino está tan acostumbrado a la mesa limpia que quedó maravillado. Poco y vistoso, más que bueno.

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Incapaces de colocarse donde dicen los cánones que hay que citar, jugarse el tipo, exprimir las embestidas y poner la plaza boca abajo con el toreo auténtico. Pero nada de eso es posible cuando los toreros se presentan con la moral por los suelos, cuando no pueden, aunque quieran, asentar las zapatillas en la arena, cuando se muestran temerosos de lo que tienen delante, cuando dudan y dan el paso atrás a las primeras de cambio; en fin, cuando el corazón sueña con el triunfo, pero la cabeza retrocede ante el peligro.

Ya se sabe que el toro de Victorino Martín no suele ser bobalicón, por lo que exige conocimiento y actitud de torero de verdad; no acepta las medias tintas, huele la desconfianza y es implacable con los que no hacen las cosas como e

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Tercio de banderillas del tercer toro, de escasa movilidad y tardo de embestida como todos sus hermanos. Una tensa espera para los subalternos. El responsable de la lidia, Javier Ambel, capote prendido en las yemas de los dedos, se dispone a dar una lección de toreo; llama al toro, se deja ver, sin prisa, con elegancia, lo embebe en la tela, sin tocarla, con suavidad, como una caricia. Y así, uno, dos, tres y hasta cuatro lances interminables que supieron a gloria en una tarde que se precipitaba por la ladera del sopor. El animal quedó en los medios, y el matador, Rubén Pinar, indicó que lo acercaran a tablas. Lo intentó Ambel a una mano, pero el toro no respondió, y volvió a dibujar otros dos lances para los paladares exquisitos de los muchos que supie

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Hasta el propio López Simón se quedó sorprendido cuando el alguacilillo le entregó las dos orejas del tercer toro; pero no las soltó, como hubiera hecho una auténtica figura. Las mostró al público y cuando algunos espectadores protestaban por lo que consideraban un premio abusivo, el torero hizo un gesto como diciendo: “Pero si me las han dado… Qué quieren ustedes que haga”.

Pues tirarlas al callejón porque no las merecía. Paseó las orejas por un error garrafal del presidente que sacó los dos pañuelos sin motivo que lo justificara. El usía se ganó una merecida bronca de campeonato, gran parte del público coreó con energía “Fuera del palco”, pero el daño ya estaba hecho. El presidente acababa de dar un puntillazo a la fiesta.

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La plaza de Las Ventas se introdujo en el túnel del tiempo y apareció una corrida de mediados del siglo XIX, con toros de Saltillo, ganadería preferida por El Chiclanero, Lagartijo, Frascuelo y Cara Ancha, entre otros. Lo que se vio fue una película de terror en la que tomaron el protagonismo seis toros cárdenos de correcta presentación y sin aparatosos pitones que se hicieron dueño de la situación, asustaron con toda razón a las cuadrillas e impusieron su ley cual forajidos armados hasta las cejas.

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Cuando Rafaelillo se perfiló para matar al cuarto de la tarde -el reloj se acercaba a las ocho y media y una ligera brisa se abría paso en los abarrotados tendidos-, la plaza guardó un silencio sepulcral. Momentos antes había acariciado el peligro inminente y tocado con la palma de los vellos la conmoción; ahora, llegaba el instante crucial, la moneda al aire de la gloria o el olvido. ¡Psss…! El torero sudaba la camisa como si fuera pleno agosto, despeinado no por el viento sino por la tensión, y muchos cruzaban los dedos para que la estocada culminara una actuación heroica, inventada sobre el arrojo y el pundonor. Rafaelillo centró la mirada en los astifinos pitones del toro, levantó la espada, mostró la muleta…

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