DEBUT DE HUMBERTO MORO EN SEVILLA… JUNIO DE 1952.

SIEMPRE fué el del Corpus día taurino por excelencia. Este año, acorde con la tradición, la Empresa sevillana, además, nos ofreció un buen cartel: Luis Miguel Dominguín, Agustín Parra. “Parrita”, y Humberto Moro, debutante en el amarillo albero, que habían de entendérselas con toros de don Félix Moreno, de la antigua y gloriosa estirpe ganadera de Saltillo. Los precios del billetaje se fueron a las nubes, pero a pesar de ello la afición respondió llenando el coso con sólo leves calvas en las gradas de “sol”. Por esta vez, afortunadamente, el cartel respondió y no nos aburrimos. Contrariamente, vivimos uno de los momentos más interesantes en el orden artístico, de lo que va de temporada. Obra fué de Luis Miguel, que en son de guerra —no en balde con esta corrida hacía su presentación este año en el mundo taurino de Andalucía—, buscó y halló la ocasión de conmover y entusiasmar a la afición. Ocurrió ello en el cuarto de la tarde, de hermosa lámina, finas agujas y más de trescientos kilos en la romana. EI diestro madrileño, a pesar de que el bruto ofreció dificultades, redondeó una de las faenas más completas que le hayamos visto en Sevilla. Demasiado castigado por Chaves, Luis Miguel lo dejó primeramente refrescar. Seguidamente inició su lidia, logrando la arrancada a fuerza de consentirle, mandando y templando soberanamente con ambas manos. A las series de naturales y de derechazos, amén del de pecho, siguieron los adornos y los alardes de valor mientras la Plaza se hacía un ininterrumpido clamor. El remate fué el volapié perfecto, espectacular, lento, en medio del ruedo. La Plaza se hizo un mar de pañuelos y el público, que le recibió de uñas y le había gritado injustamente en su primero, obtuvo del presidente la concesión de las dos orejas.

En el primero de la tarde Luis Miguel puso voluntad y sentido de la lidia. El toro, sin embargo, no se prestaba. Reservón y bronco, corneando a derecha e izquierda, Luís Miguel no se arredró y parándolo se adornó con temeridad, para acto seguido matarlo de una estocada. Una parte del público inició la protesta: pero de los tendidos de abolengo —el uno, el dos y el tres— se alzó, para ahogarla, la ovación al torero que tan acertadamente habla lidiado.

“Parrita” tuvo poca suerte toda la tarde. Le tocó un toro bueno y otro decididamente malo; pero el bueno no pudo aprovecharlo por habérsele quedado prendida una vara en el lado izquierdo que impedía acercársele a menos de dos metros. En estas circunstancias ya fué difícil problema el tirarse a matar. “Parrita”, con rabia de que se le fuera la ocasión, pero consciente de que era. Inútil todo intento, lo hizo eficaz y prontamente. Con el quinto de la tarde su buena voluntad se estrelló también, esta vez por falta de posible lidia en su enemigo, que humillaba y buscaba. Le porfió no obstante con valor, viéndose obligado a acabar.

Humberto Moro, de Méjico, era esperar do con interés. Y no defraudó ciertamente. Torea con aplomo, tanto con la muleta como con la capa, y no anda corto de valor. En el tercero de la tarde hizo una faena preciosista a base de naturales y derechazos de buena ley, que se aplaudieron con calor. Sólo porque retrasó la hora de matar, dando lugar a que se enfriase el respetable, perdió el apéndice, si bien dió la vuelta al ruedo. Su segundo enemigo daba la sensación de no ver. Desde luego huía de los capotes y de los caballos y Moro tuvo que acecharlo al paso para inferirle la muerte, ya que no había manera de fijarle ante la muleta. Esta fué la corrida tradicional de la fiesta del Corpus. Con muchas así nos sentiríamos felices.
FUENTE: Don Celes/El Ruedo.

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