Sevilla, martes 12 de abril del 2016
Plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería. Undécima corrida del abono
Toros. Seis de Jandilla-Vegahermosa, desiguales en presentación, desrazados, débiles física y mentalmente. El primero de la tarde fue devuelto a los corrales porque no podía tenerse en pie. El segundo y el quinto fueron pitados, y el cuarto y el sexto fueron arrastrados en medio de sonora bronca. Uno de Albarreal, primero bis. Este animal tampoco fue bravo ni tuvo fuerza, sólo mal estilo.

Toreros: Morante de la Puebla, al primero bis le mató de pinchazo y entera: silencio. Al cuarto le metió una media habilidosa y luego le pegó un certero golpe de descabello: silencio.

Diego Urdiales, al segundo de la tarde le atizó una entera en muy buen sitio: al tercio. Al quinto lo despachó de una estocada entera arriba: silencio.

Alberto López Simón, al tercero le finiquitó de gran entera: petición de oreja y vuelta al ruedo. Al último del festejo se lo quitó de enfrente con una entera contraria y trasera: palmas.

Entrada: Casi lleno.

Decíamos ayer que vendrían tiempos peores y más tardamos en decirlo que éstos en coger un taxi y presentarse de inmediato. Así es, en el mundo del toro siempre puede bajarse un peldaño más hacia el abismo. También decíamos ayer que las declaraciones del ganadero Daniel Ruiz eran una exageración autocomplaciente, pues se jactaba del ganado enviado a la plaza de Sevilla. Pues hete aquí que, comparado con el encierro de hoy, el criador de bóvidos dizque bravos tenía razón en sentirse tan ancho como un pavorreal considerando el asco de bichos que mandó Borja Domecq.

Morante de la Puebla finalizó su tercera comparecencia en el abono hispalense sin pena ni gloria: ¡otra raya más al tigre! Su primer “enemigo” no tuvo un pase pero sí una gran falta de casta.

El segundo rumiante que toreó el excéntrico diestro de las marismas del Guadalquivir fue algo muy parecido al primero o aun peor. Lo único rescatable de la labor de José Antonio Morante Camacho fueron dos verónicas colosales a ese cuarto de la tarde. Es una burla y una vergüenza que un toro supuestamente bravo se desplome y claudique después de dos lances de recibo.

Diego Urdiales, ese artífice del toreo puro, no tuvo mejor suerte que el primer espada. En el segundo de la función, el balance final fue de tres buenos derechazos y un natural superior. Ya me dirá usted, querido lector, si eso es para alegrarse de haber pagado una entrada.

En el quinto, otro astado que no podía ni con su sombra ni con los 585 kilos que traía en los lomos, el torero riojano vio como su tauromaquia clásica se estrellaba con el toro post-moderno y pare usted de contar.

López Simón venía a refrendar el triunfo de su primera comparecencia en la Feria, tarde en la cual le cortó una oreja a cada uno de sus toros, pero no pudo ser. Su primer toro se movió algo más que sus hermanos (algo nada difícil) aunque también le faltaba gas y era más soso que un budín de tapioca. Ahí el torero madrileño estuvo de verdad muy bien, toreando con verticalidad, quietud, naturalidad y verdad. En un palmo y encajado en los riñones, logró muy buenas series de derechazos y naturales. Mató como el tifo y como mandan los cánones, y la gente sacó los pañuelos, pero el presidente se negó a soltar el apéndice y todo quedó en una clamorosa vuelta al ruedo.

Salió el sexto y volvimos a comprobar que hay toros que parecen estar disecados desde que se cambia el tercio y llega el momento de torearles con la muleta. López Simón porfió sin objeto y el respetable le chilló para que lo matara rápido.

Durante la lidia del último ejemplar de Jandilla, M.S. mi sagaz compañera de andanzas taurinas quien además tiene una vista de lince, me hizo notar que en el burladero de matadores Diego y José Antonio estaban muy divertidos, charlando y riendo. Ignoro el motivo; quizá estaban recordando alguna boutade de Jorge Luis Borges, o rememorando alguna desopilante escena de un film de Buster Keaton ¡vaya usted a saber!

Lo que sí puedo afirmar es que tal y como lo demuestra un estudio genético/bíblico reciente, el 95.72% de los seres humanos que compran un boleto para los toros desciende casi en línea directa del santo Job. También puedo asegurar que para aguantar tardes como ésta -que son legión- el público taurino de hogaño posee -al igual que Morante y Urdiales- reservas inagotables de alegría y buen humor.

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