Sergio Martín del CampoCronista Taurino

EN FUNCIÓN DE ALFANJES DESAFILADOS, PACHECO CORTA UNA OREJA

Las viejas aldabas del coso San Marcos de Aguascalientes se abrieron para dejar pasar la novillada de feria; como de triunfadores se anunció, y el cartel de siete aspirantes a las glorias taurinas propuesto por la empresa, atrajo público para que las gradas del edificio registraran más de media entrada. De mucho interés resultó la función, así por el desempeño de la mayoría de los actores como por el juego de los utreros. Esta vez la dehesa aguascalentense de Santa Inés fue la encomendada para completar siete reses que, si bien, se vieron disparejas en tipo, se evaluaron con trapío, presencia y remate. Todos los bicornes acudieron prestos y recargando en la suerte de varas, en cuyos menesteres varios provocaron espectaculares tumbos, como el séptimo, al que Mauro Prado ejecutó un puyazo de cuadro grande y por el que abandonó el anillo envuelto por las palmas del respetable. De la partida destacaron el segundo, “Incluyente”, No. 804 y de 423 kilos que merecía el arrastre lento; a despecho de no ordenarse oficialmente el halago, los entendidos despidieron sus restos batiendo sentidas palmas; igualmente fue notoria la nobleza y la clase del tercero, aunque su debilidad no le ayudó a dar mejor lidia, quizás porque fue de más el segundo puyazo; se llamó “Bailarín”, estaba quemado con el No. 812 y dio en la báscula 440 kilos. Pero el mejor fue el que cerró plaza, “Tío Bola” de nombre, No. 866 y de 424 kilos que ganó para orgullo de la casa criadora, la vuelta al ruedo a sus despojos. Alejandro Adame dejó ir las orejas de ese segundo por fallar con la toledana; Juan Querencia, igualmente, se privó de valiosa oreja por idénticas fallas. Por su lado, César Pacheco, luego de una faena riñonuda, sí que fue justamente premiado con un auricular. En la suerte suprema fue levantado de modo espectacular y hubo de visitar la enfermería al final de la novillada para ser revisado de una posible cornada cerrada. El precioso primero de la tarde embistió con clase y mostró buena movilidad. Eduardo Neyra (al tercio), una vez que resolvió con variedad y decoro en el toreo de capa, armó la muleta para no encontrar jamás la distancia del bicorne y sofocarlo; por consecuencia, quedar desnivelado de éste en lo que fue una actuación der escaso chiste y larga, terminada de estocada pasada y contraria. Alejandro Adame (vuelta al ruedo) se descubrió variado al desplegar la capa para luego, muleta en manos, descubrir a un estupendo novillo al que toreó consonantemente, haciéndole el honor a la fijeza, clase y recorrido que tuvo. Hasta muy lejos se iba el de Santa Inés siguiendo la tela roja que con temple manejó el joven por ambos cuernos, en su bien hecho trasteo, descalabrado, empero, desatinándose en la suerte suprema. Juan Querencia (palmas) tuvo el oficio necesario y desbordó talento torero para dar vida a una faena muy entendida, limpia y notoria. El queretano posee inteligencia, buena planta y clase. En formidable tenor deletreó tersos muletazos, en atención al novillo noble pero débil que le correspondió en el sorteo. Mal sí que se vio al empuñar la toledana, perdiendo la fortuna de apreciarse con un auricular en la diestra. El cuarto astado complicó los tres tercios de la lidia. Jamás tragó con claridad los engaños y tendió a rajarse buscando el chiqueo de las maderas; no obstante, el empeño de César Pacheco (oreja) y la energía que aplicó a la muleta, desembocaron en pases meritorios que a ley arrancó al adversario, cerrando el episodio de gallarda estocada de la que salió por los aires, pero triunfante de su denodada exposición. Daniel Prieto (palmas tras aviso) intentó de todo; de la suma, bien poco le resultó decente. Fuera del entusiasmo mostrado y el escándalo que organizó al empuñar las banderillas, vimos a un joven hidrocálido de humildes recursos y de escasa sustancia torera. De cualquier forma, el noble público le agradeció la terquedad y que matara al primer viaje. El sexto era hermoso y “comodito”; “descolgado”, como se dice en jerga taurina. No obstante, apenas otorgaba medias embestidas y se ceñía sobre el pitón que se le intentara el arte de Cúchares. Ante ello, el buen novillero Emiliano Robledo (palmas) solo pudo mantenerse dispuesto y cumplir decorosamente. Otro primoroso novillo bajó el telón. Bien hecho, armónico, finísimo de diamantes a cerdas y de pelaje cárdeno nevado. Pero lo mejor fue su juego. Embistió claro, poderosamente, por derecho y de manera longitudinal. Fue tan noble y tuvo tanta clase que le perdonó todos los errores a su presunto lidiador: César Fernández (palmas tras aviso), quien ha de madurar bastante. Posee buenas maneras, sin embargo, fácilmente se embarulla y está aún desprovisto de técnica. Esas sus incorrecciones delante de tan notada res, provocaron, entre algunas manifestaciones de aliento, el coro de ¡toro, toro! De la suerte suprema, no se hable; por mera suerte atizó un estoconazo y un descabello definitivo.

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