Ponciano Díaz, el más popular diestro de su tiempo. Aquí en un retrato de estudio en donde se observa con pantalón de aletón, reata en mano, chaquetilla y sombrero, todavía, “achinacado”.

HOY HACE 123 AÑOS
Se presenta en Madrid Ponciano Díaz

Sergio Martín del CampoCronista Taurino
Sergio Martín del Campo
Cronista Taurino

28 de julio de 1889: “Ponciano Díaz se presenta en Madrid realizando suertes del toreo muy mexicanas, incluyendo banderillas a caballo y en pelo” … (Martín del Campo Rodríguez Sergio, Tauroefemérides, la historia mundial de la fiesta comprimida en más de 4,700 fechas importantes, pág. 337. www.fcth.mx).

Era un espécimen el nacido en la hacienda de Atenco, primera dehesa, propiamente dicho, organizada en el mundo. Excelente jinete, gran bigote y desgarbada figura, desarrolló también, además de los lances charros de la época, una tauromaquia lo suficientemente atractiva y original como para hacerse notar como primera gran figura mexicana neta.

Embonó de manera extraña ambas disciplinas: tauromaquia y charrería. Las vaqueradas las bebió de una cercana y abundante fuente: su padre.

Los panfletos de la época reseñan que en España ejecutó muchas tardes el lance al que mejor acabado daba: las banderillas a dos manos y ¡en pelo! Es decir, desprovista la cabalgadura de silla. Equilibrio y piernas prodigiosas es lo que se demanda para semejante suerte. La invención la heredó de otro jinete mexicano egregio: Ignacio Gadea, centauro nacido en la Perla de Occidente, pero radicado en Puebla de los Ángeles.

Ninguna hoja acota si llevó caballos de México o se los prestaron en la patria española; de cualquier modo, enorme mérito guarda el asunto.

Ponciano fue vástago del caporal de Atenco, Guadalupe Díaz, y la esposa de éste, María de Jesús Salinas; entre bóvidos, équidos, baquetas, reatas y sombreros de muy anchas alas vio la luz primera el 19 de noviembre de 1858.

En mayo de 1889 subió al vapor “Alfonso XII” junto con sus varilargueros y también charros Agustín Oropeza y Celso González, para surcar las saladas y salobres aguas del Atlántico desde el puerto de Veracruz y desembarcar en España. Una proeza de llamar la atención, según las condiciones de los años que corrían y siendo además el primer diestro azteca en realizar la tremenda aventura.

Los impresos que, para orgullo y agradecimiento de la historia de la madre tauromaquia mexicana, han sobrevivido de Ponciano, indican que en Europa se apersonó profesionalmente en ocho funciones en arenas de España y Portugal. Realmente solo una del octeto se atavió con el traje de seda y brocados: fue en Madrid el 17 de octubre del ya metido 1889. Dos figuras de allá le acompañaron en el cartel: Salvador Sánchez “Frascuelo” y Rafael Guerra “Guerrita”; aquel padrino, éste testigo de la alternativa. “Lumbrero” se llamó el burel que le cedió “El Guerra” y llegó desde los pastos del Duque de Veragua. Así es que Díaz, de tal modo, se convirtió en el primer mexicano en tomar la alternativa en el padre patria.

Hasta 1890 reaparece Ponciano ante sus paisanos, ya que cuando retornaba a su país se vio en la forzada situación de parar en La Habana, Cuba ya que las funciones de toros estaban prohibidas en el Distrito Federal.

Esta década constituye la del inicio de su ocaso. Al actuar en la capital se dio cuenta perfecta de que ya no era el consentido del público. Este desaire y el granel de enemistades que se ocasionó con el entramado empresarial le obligaron a decidir mejor salir de la urbe capitalina y seguir su profesión en provincia. Justo en Rosario, Sinaloa un bicorne de “Corral de Piedra” le hiere severamente en el bajo vientre; fue el 17 de marzo de 1895 y si sus facultades físicas ya se observaban caídas, con este percance mermaron aún más.

Con un paréntesis de animosidad, el 13 de octubre del mismo año se vistió de seda y oro en el coso de Bucareli, esto para dar la alternativa a Diego Rodríguez “Silverio Chico”.

Muy poco se sabe de los motivos, pero en la ecuatorial parte de 1897 vendió su plaza de Bucareli. Para el 12 de diciembre de tal calendario actuó por vez última en su vida; fue sobre la arena del coso de Santiago Tianguistengo y ante bureles de “su casa”: Atenco. Lamentablemente el segundo alcanzó su humanidad y lo entregó al suelo bastante golpeado. Finalmente, su deceso se registró el 15 de abril de 1899 a causa de cirrosis hepática y cuando contaba con apenas 40 años de edad.

Ponciano fue una figura de su época y un auténtico charro-torero. En popularidad nadie en México le igualó. La crítica señaló de él que banderilleando a caballo era insuperable, aunque a pie “bastante malo”.

Mató muchos toros de rodillas y a “la mexicana”, es decir, en los bajos y de metisaca, no obstante, su talento lo llevó a cambiar e igualmente asombró estoqueando al volapié y dejando el acero bien colocado.

Entradas relacionadas