Jorge Aguilar “El Ranchero”, un orgullo legítimo para la madre tauromaquia mexicana.

HOY HACE 42 AÑOS
Fallece Jorge Aguilar “El Ranchero”

Sergio Martín del Campo<br>Cronista Taurino
Sergio Martín del Campo
Cronista Taurino

27 de enero de 1981: “Hermosa muerte de Jorge El Ranchero Aguilar: al estar tentando en la ganadería de Coaxamalucan, sufre un infarto”. (Martín del Campo Rodríguez Sergio, Tauroefemérides, la historia mundial de la fiesta comprimida en más de 4, 700 fechas importantes, pág. 32. www.fcth.mx).

Jorge Aguilar “El Ranchero” ha sido uno de los diestros más expresivos y apasionados dentro de los naipes taurinos mexicanos. Su hacer delante de las reses de lidia no tuvo afectaciones ni siguió cartabones, simplemente se expresó como era.

El hombre nació, creció y se desarrolló entre ganado de casta, caballos, chaparreras y sombreros anchos. Y en una dehesa tuvo hermosa muerte: recreándose en una de las faenas más camperas del criadero de lidia: tentando una becerra le sorprendió un infarto fulminante. Ese final rebasa novelas, películas y libros.

Con la licencia del amable y aguantador lector reproduciré aspectos de la trayectoria taurina de este personaje, tomado de mi proyecto inédito “101 Vida de Oro, Seda, Sangre y Sol:

“Las pendencieras puntas de las pencas de los magueyes, la recia consistencia de las peñas de los cerros, el olor del campo bravo tlaxcalteca, el fuerte y devastador sabor de los mezcales y lo más rojo del sol de la patria azteca tomaron formas toreras en la persona de Jorge Aguilar “El Ranchero”, diestro expresivo y apasionado, que fue encomendado por el destino para que elevara y amacizara la escuela mexicana del toreo.

Este personaje fantástico vio la luz primera en la romántica hacienda de Piedras Negras, Tlaxcala el 29 de abril de 1927. La superficie tosca de los montes bravos le parieron; biológicamente fue su padre Gabriel Aguilar Camaño, que fuera aficionado práctico, éste a su vez hermano de Roberto, hombre notado que de plata vestía.

Aquel niño tuvo un paraíso mágico, de cuento y fantástico, pero en la misma medida… real. Su desarrollo como humano se derramó entre reses de casta,

caballos, vaqueradas, garrochas, chaparreras, sombreros de anchas alas y tentaderos; en uno de éstos fue que el amo de la dehesa legendaria en la que llegó a la vida, don Wiliulfo González, le soltó una vaquilla para que sintiera la experiencia de ver pasar la bravura por el hilo de su cintura y aunque hubo el clásico revolcón, la afición por la lidia de reses bravas ya no lo dejó en paz en su mente.

Aunque encausado en la carrera de contador público, su destino le reclamó y le indicó de manera diáfana que su vida sería entablada en el oficio bárbaro de matador de toros.

Después de varias incursiones taurinas no del todo formales en su estado natal, en donde se le señaló bajo el remoquete de “El Cocol”, se atavía por vez primera con el terno de seda y bordados en el coso de Tehuacan, Puebla el 3 de junio de 1945.

Abierta la pasta de su historia novilleril, transcurren dos años antes de su presentación en la Plaza México, ésta se registra el 1º de junio de 1947 alternando con el gran “Joselillo” e Ignacio Pérez, tercia que despachó un encierro de La Laguna, casa criadora vinculada apasionadamente con la de sus colores, Piedras Negras. Para dar importancia a ese debut le corta las orejas a uno de sus contrarios.

Una descanteada alternativa tomaría luego de haber desarrollado su nivel en el rango menor durante dos años y en carteles de buena clase, ésta se escenificó el 13 de marzo de 1949 en Tlaxcala, se la concedió Diamantino Viceu pero acertadamente, según al tiempo nos ha dicho la historia, renunció a ella al año siguiente y continuó su camino hasta redondear el carácter de novillero. Nuevamente en este tono regresa a la capital de la patria el 29 de octubre de 1950, y lo hace en actitud de triunfo, y para que de ello no quedara el menor sitio a la duda le corta el rabo a “Pistachero” de La Laguna después de haberle explotado sus cualidades con una faena muy mexicana de pases largos, quebrada la planta, pero firme, desparpajado pero sentimental, oscilando las acciones entre la sensación del acaso y la magia pero todo en tono real.

Aún reforzaría su retomada decisión de colgarse en los carteles como novillero el 12 de noviembre de aquel año en la misma Plaza México conquistando dos orejas de un buen tres añero de Piedras Negras al que se bautizó como “Vajillero”; sin embargo esa emocionante faena fue solo el prólogo elegante y distinguido de su consagración total en la capital ya que al domingo siguiente, día 19, se injertó extrañamente con un lote formidable compuesto por “Tragabalas” y “Raspinguero”, ambos animales embarcados desde los campos rudos de La Laguna, finca hermana de la que le vio nacer.

“El Ranchero” conquistó cuatro orejas y un par de rabos y dio varias vueltas al ruedo, una de ellas escoltado por los ilustres criadores Don Romárico y Don Raúl González.

El carácter y manera de entender la lidia y lucimiento ante los toros de casta, se estaban clarificando en su persona mestiza; algo había de forma bravía y sentimiento hondo en su quehacer.

Después de la campaña cerrada con esta tarde en la que salió en hombros de una muchedumbre conmovida, su hoja profesional en el escalafón mayor se tasaba como de aprobatoria con alta calificación como para que tomara la alternativa con una fuerza sobresaliente de ánimo y méritos.

Esa fecha de ascenso a la nómina de matadores de toros fue el 28 de enero del año siguiente en la plaza más grande del planeta; se apadrinó de Manolo Dos Santos quien le cedió la muerte del primero de la tarde, “Cartonero” de nombre y con la divisa de La Laguna, ante la persona de Jesús Córdoba.

Ya con el título profesional enmarcado, no duró tanto en realizar su viaje a la madre patria; ésta la solidificó al año siguiente y lo que logró, además de actuar en ocho cosos distintos, fue ratificar su rango en Las Ventas de Madrid el 13 de julio. Esa función llevó de padrino a Manolo Navarro y de testigo a Jaime Malaver; en los departamentos de toriles estaban seis torazos imponentes quemados con la marca de Aleas; pasada la ceremonia de la confirmación con “Caramelo”, honró la tarde y al nombre de la torería de su patria ya que le cortó la oreja al segundo de su lote.

Cumplidas las corridas ya anotadas, regresó a México, pero ya con la etiqueta de figura.

Como para mayor credibilidad de esa clasificación se presentó en la Plaza México en el cartel que inauguró la temporada 1952-1953, y le cortó tres orejas a sus toros de Zotoluca, “Dinamito” y “Fundador”.

Aún encadenaría a este triunfo otra tarde brillante, la del día 9 de ese mismo mes ya que alternando con Manolo González, Manolo Dos Santos y Juan Silveti en lo que desembocó como corrida histórica, caracterizó su parte torera tan mexicana y le cortó el rabo al que cerró plaza, “Montero”, toro producto de la gloriosa hacienda de San Mateo, después de un trasteo emocionante, fuerte, expresivo de verdad y sellado con su entraña azteca en el que hubo una sesión de naturales extensa, de inmejorable ligazón y desbordante contenido.

Para el año siguiente es blanco de tres cornadas, una grave en la Plaza México el 4 de enero por un toro de Tequisquiapan el cual le abrió la cara posterior de la pierna derecha, otra en Granada y la tercera en La Coruña. Esta sangre vertida, sin embargo, no le impide trazar en su vida profesional una temporada importante, incluido el aspecto internacional ya que en España suma hasta

cuatro decenas de corridas. Durante ellas solidificó un excelente cartel, lo que le dejó los portones abiertos de aquella exigente fiesta para que retornara en posteriores años a triunfar en ferias que dan y quitan como son las de Sevilla y San Isidro.

Su admirable labor torera no acababa y la continuó en su patria; jamás dejaría de ser quien fue, torero de sentimiento; el 5 de febrero de 1956 durante la corrida del 10º aniversario de “La Señora de Insurgentes” se encadenó a la tarde triunfal que había levantado otro torero con aroma penetrantemente mexicano, “Joselito” Huerta, ya que, al verse imposibilitado por las malas condiciones de los toros de su lote, regaló a “Viajero” de La Laguna al que le funde, entre otras cosas formidables, una serie de naturales en los medios que provocaron el delirio de los aficionados. Aquellos sus pases sobre la siniestra mandona llevaban todo el mensaje interpretativo de un toreo bajo las indicadoras notas de la escuela mexicana. Como premio a su obra maestra cortó el rabo del adversario y en hombros fue paseado junto con Huerta y el ganadero Don Romárico González.

Después de haber vivido una corta pero brillante trayectoria profesional de 17 años, decide retirarse de los ruedos.

El 11 de febrero de 1968 la Plaza México se le abrió generosa para el acto del adiós, así como él había sido suficiente en categoría para pisar su arena sagrada; llevó de alternantes a “Joselito” Huerta y a Jesús Solórzano, hijo con un encierro de Mimiahuapam. “Forzador” fue el último toro que estoqueó y al que cortó dos orejas. Esta despedida es una de las más sentidas que se recuerden en el embudo de la colonia Nochebuena. Las golondrinas volaron con sus desgarradoras notas y las manifestaciones de afecto se derramaron en todos los rincones arquitectónicos del inmueble. Sus hijos le desprendieron luego la coleta, distintivo y señal de bárbara profesión. Se iba a descansar un gran torero.

“El Ranchero Aguilar” no había podido morir de otra forma, ni siquiera en la calma y descanso de su cama; el campo bravo le reclamó como de su propiedad. De él era y fue siempre. El 27 de enero de 1981 por la mañana, las tiernas ráfagas de luz del astro rey halajaron los trabajos vaquerizos de una tienta; seres extraños de cuero, baquetas, reatas y sombreros de muy anchas alas fueron tragados por el arcano paisaje de los agostaderos. En poco tiempo regresaron como triunfales centauros arreando una manada de reses. Era día de pasar por severo examen a las hembras para decidir cuál sería digna madre de próximos ejemplares que soberbios llevaran la quema de la marca de Coaxamalucan.

Cuando el sol estaba ya embravecido por las horas del mediodía, Jorge abría su tela púrpura y pasaba a una vaquilla por su cintura fraguada, sólida y maestra; de pronto, delante de los ojos de todos los presentes se desmoronó como polvo para incorporarse en milagrosa fusión a la tierra mexicana y recia, encastada y generosa, cabal y franca de la cual un día había sido creado por la madre tauromaquia mexicana como Adán por Dios de los lodos del edén. Un infarto acababa de poner fin a su vida biológica para que comenzara la histórica.

Jorge “El Ranchero Aguilar” fue un torero sentimental, de expresión irresistible y de olor campero y charro; el traje de cachirules, vaquetas y casimires lo llevó siempre como el mandato de una religión. Fue el heredero directo de la Escuela Mexicana del Toreo, un diestro notado para la fiesta brava mundial y un ¡orgullo legítimo para la madre tauromaquia mexicana!”…

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