Sergio Martín del CampoCronista Taurino

HOY HACE 47 AÑOS
Cavazos corta el rabo a “Manito”

8 de diciembre de 1974: “Eloy Cavazos corta el segundo rabo en la historia de la Plaza de Toros Monumental de Aguascalientes, fue a un toro excepcional de nombre “Manito” nacido bajo los mezquites de la dehesa jalisciense de Matancillas y que mereció la vuelta al ruedo a sus restos. El torero de Guadalupe, NL sostenía un mano a mano con el ibero Manolo Cortés, quien cobra dos apéndices por uno de sus trasteos”. (Martín del Campo Rodríguez Sergio, Tauroefemérides, la historia mundial de la fiesta comprimida en más de 4,700 fechas importantes; www.fcth.mx, pág. 499-500).

El coso de la otrora rambla Adolfo López Mateos se había inaugurado el anterior noviembre, justo el 23, con un cartel formidable: los norteños Manolo Martínez y Eloy Cavazos fungiendo como padrino y testigo, respectivamente, de la alternativa de uno de los vástagos del “Joselito mexicano”, Fermín Espinosa Menéndez, quien se responsabilizó de la lidia y muerte del primer toro de la tarde y de la historia del edificio, “Hidrocálido”, ejemplar procedente de la vacada de Torrecilla.

Hacía poco que había arrancado la era de Martínez y Cavazos, tan distintos en conceptos, modos y carisma, pero tan similares, muchas, muchas veces, en la doble y hasta triple moral ejercida siempre en contra de la cabalidad del espectáculo y a favor de sus particulares intereses, comodidades y caprichos, sin importar los abusos y burlas a la clientela, tan ingenua casi siempre.

Aún la fiesta brava azteca no se intoxicaba con “Fernanditos”, “Teofilitos”, “Bernalditos” y sustancias anexas, y aquella tarde en Aguascalientes hasta a “Matancillas” le tuvo que entrar el de Guadalupe y, en su momento, hasta a punteños.

Matancillas, hermana de la dehesa más grande y romántica del Atlas, tenía, por ende, el mismo encaste. Bravo resultó “Manito” y no admitió jugaran con él. Luego de su lidia encastada mereció, como dice la parte central de la efeméride, la vuelta al ruedo de sus despojos. Pasó entonces a formar parte de la pléyade brillante de los ejemplares que han derramado sus cualidades de lidia en el anillo Monumental. Si, en medio del remolino de la mafia que ha flagelado a la fiesta y la ha despojado de su virilidad, aún se pueden encontrar episodios dignos del elogio del más exigente y versado en tonos taurinos.

¡Ese Eloy, que diablo es!

Matancillas, propiedad de Don José Madrazo, se encontraba en los mismos feudos que sigue ocupando, aunque hogaño mutilados. “El Memelito”, y otros potreros que le conforman, se registran en el último rincón norte de la alcaldía de Lagos de Moreno, Jalisco. Comprendía alrededor de diez mil hectáreas de cerro, mesa y partes llanas. Como para un filme luce aún su espesa flora y su abundante fauna.

Por motivos muy personales, y ya finado su hermano Francisco, titular de La Punta, decidió don José vender su ganadería: hierro, ganado y potreros. Un inversionista de Aguascalientes le hizo tan tremenda compra: don Jesús Ramírez.

Para desilusión y retortijones de los “bastante versados en historia de la ganadería brava mexicana”, La Punta no se desintegró y atomizó como consecuencia del tema agrario; la enorme dehesa se deshizo, básicamente, por una demanda laboral que le infligieron los que fueron empleados de la explotación y la ganaron a don Francisco Madrazo Solórzano: vaqueros, mozos, albañiles y otros advenedizos que nada tenían que ver en el asunto.

Eloy caía mucho en gracia y tuvo la habilidad de saber divertir a “Juan pueblo”; igualmente sabía fajarse como los buenos cuando, esporádicamente, se metía en ese menester. Le vi cortar un rabo sin haber dado un pase cabal. En España, y otros cosos aztecas de ciertas exigencias, daba su rostro torero, y con el arma empuñada era un veneno. Rara vez se le veía pinchar.

Alguna vez, saliendo de una de esas corridas brillosas cavacistas en que ese potencial del “pequeño gigante de los ruedos” hizo de las suyas alegrando a los de gayola, escuché a un aficionado, ya en buen grado etílico, decir ufano, entusiasmado y hasta eufórico: ¡Ese Eloy que diablo es!

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