“Joselillo”, fenómeno del toreo.

HOY HACE 75 AÑOS
“Joselillo” y Carlos González resultan cornados en la plaza de “La Ciudad de los Deportes”

Sergio Martín del CampoCronista Taurino
Sergio Martín del Campo
Cronista Taurino

8 de junio de 1947: “Tarde de sangre y triunfo en La Plaza México; un novillo quemado con la marca de Carlos Cuevas hiere a Carlos González y a José Laurentino “Joselillo”, éste, emanando la casta que le caracterizó en su corta pero iluminada carrera dentro de los ruedos, retorna de la enfermería para lidiar a “Molinero”, utrero de la dehesa de Santín al que modela una faena dramática con la que conmueve a los aficionados. Luego, el juez le niega los trofeos que en general el público demandaba para el valiente novillero y se arma en su contra una bronca de órdago”. (Martín del Campo Rodríguez Sergio, Tauroefemérides, la historia mundial de la fiesta comprimida en más de 4, 700 fechas importantes, págs. 278 y 279; www.fcth.mx).

Poco faltaba para que se desenlazara su paso por el Atlas de la tauromaquia. Aquella cornada era el prólogo solamente de lo que, en el mismo escenario, sucedería luego en páginas con veneros de sangre.

Mucho se ha escrito sobre datos biográficos de este arrogante y carismático joven; desde su llegada a nuestra patria procedente de Nocedo de Corueño, León, España, pasando por su deceso en el nosocomio capitalino en el que convalecía de la cornada que le infringió “Ovaciones”, hasta las posteriores y multitudinarias honras fúnebres de que su cuerpo, materia en trance de transformación, fue objeto.

Escaso es el material fílmico que se conserva de su modo de interpretar el toreo. Ello le da aún más importancia y valor a los celuloides que capturaron su imagen en movimiento.

Se trataba de un juncal ser que se encajaba sobre el albero para que los adversarios le pasaran muy cerca.

Su aguante solamente se podía equiparar en similitudes con el del Monstruo de Córdoba. Eran sus piernas dos pedestales sobre los cuales descansaba toda su responsabilidad moral.

Allá, atrás de su efigie, su recuerdo y la admiración que aún hoy se le tributa, está la del joven del que abusó la mafia taurina de la época.

“Joselillo”, fenómeno del toreo.
“Joselillo”, fenómeno del toreo.

Fue a dar con un astuto, hábil, pintoresco, extravagante, poderoso e influyente apoderado: José Jiménez Latapí, “Don Dificultades”, o “El Viejo Ogro de la Calle del Pino”, como también le apodaban a semejante personaje.

Bien explotada su efigie novilleril, se estaba planeando el proyecto de elevarlo a matador de toros. Sería el 19 de octubre del trágico 1947; la plaza de Acho de Lima, Perú acogería como escenario el protocolo del cual haría de padrino Luis Procuna.

Por lo pronto seguiría su carrera en el escalafón menor. Como cada joven que intenta, sin quizás proponérselo, destruir los cánones de la tauromaquia práctica.

“Fenómeno”, fue el calificativo que los aficionados y la crítica le otorgaron. Lo era en realidad. Con solo que su nombre fuera impreso en los carteles, los cosos se arrebataban. Su corta trayectoria transcurrió en medio del remolino de altibajos. Así como tenía seguidores que hacían multitud, contaba con detractores que le reprochaban, ya cuando casi iba a finalizar su historia, todo cuanto hacía en el ruedo.

Y abrió sus portones el final el 28 de septiembre de 1947. “Ovaciones”, novillo procedente de la vacada de Santín, le propinó una cornada muy grave. El conjunto de galenos que entonces se encargaban de los servicios de la Plaza México hicieron una buena intervención profesional. El episodio de la convalecencia transcurrió de modo normal; pero el 14 de octubre la estatua, cuando le habían dado de alta, se desmoronó para no levantarse jamás. Según la boleta técnica del deceso, “Joselillo” sufrió una tromboembolia pulmonar. De eso no entiende la tauromaquia; para los aficionados se frustró la esperanza de un arrollador arlequín de seda y brocados que iba directamente a la cumbre de las figuras del toreo.

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