Sergio Martín del CampoCronista Taurino

HOY HACE 81 AÑOS
Se realizan las honras fúnebres del ídolo Alberto Balderas

30 de diciembre de 1940: “Más de cien mil personas acompañas a su última morada al infortunado Alberto Balderas”. (Martín del Campo Rodríguez Sergio, Tauroefemérides, la historia mundial de la fiesta comprimida en más de 4, 700 fechas importantes, www.fcth.mx).

Un día antes por la tarde, en horas terriblemente taurómacas, en el Toreo de la Condesa, “Cobijero”, burel pastado en los zacates de la tlaxcalteca dehesa de Piedras Negras, le atravesó el hígado y le dio la visa a la eternidad. Aquel toro que en sus diamantes llevaba el mensaje de muerte no le correspondía al llamado “torero de México”, sino a “Carnicerito”, empero cuando éste brindaba su faena, el astado se le arrancó intempestivamente; Balderas, a quien en el callejón le cosían la taleguilla “canario y plata” en el que se había enfundado, y que “Rayito”, ejemplar al que cortó su última oreja, le descoció cuando le propinó una voltereta, al ver el momento de peligro en que estaba metido su alternante, en gesto de compañerismo saltó al anillo para hacerle un quite y lo que logró fue estrecharse con su suerte. El resto de los hechos están escritos y descritos con litros de tinta y kilos de papel.

Balderas nació en la capital mexicana el 8 de octubre de 1910, año convulso, trágico, revoltoso y vergonzoso en el que estalló la Revolución Mexicana, iniciada por quien menos quería sangre y guerra: el ingenuo Francisco Ignacio Madero.
Alberto Balderas Reyes cursó estudios de Técnico electricista, pero el Atlas de la fiesta brava le demandó su atención, espíritu, ilusiones y vida. Fue entonces que el 10 de enero de 1926 debutó en calidad de becerrista en la plazita de Mixcoac. Sobre esa arena dejó impresiones gratas entre la concurrencia.

1926 debutó como becerrista en la plaza de toros de Mixcoac, donde su buen hacer frente a las reses le condujo a una nueva becerrada en una plaza de mayor categoría, la de El Toreo, en cuya arena habría de encontrar la muerte al cabo de catorce años.


Al frente de una cuadrilla de novilleros adolescentes, recorrió los principales cosos aztecas, logrando unos triunfos que le permitieron hacer su presentación en la antigua plaza de toros de Vista Alegre (Madrid), frente al ganado de Solís, el 23 de junio de 1927. Su éxito aquella tarde fue tan clamoroso que repitió en el mismo coso al domingo siguiente, alternando con su compatriota José Muñoz. La fatalidad, trocada en fortuna para Alberto Balderas, hizo que Muñoz cayera herido ante las astas del primer novillo de la tarde, lo que propició que Balderas matara los seis astados y volviera a triunfar en la capital mundial del toreo. El 15 de agosto de aquel año se vistió de luces en la primera plaza de Madrid, para lidiar novillos de Coquilla en compañía de Joselito Romero y Sidney Franklin.


No se presentó en la Maestranza de Sevilla hasta el 18 de mayo de 1930, fecha en que cortó las dos orejas y el rabo de un novillo que había brindado a Juan Belmonte. Fue su consagración definitiva como torero, que le llevó a tomar la alternativa en Morón de la Frontera (Sevilla), el 19 de septiembre de 1930. Se doctoró con la lidia del toro Hocicudo, de la ganadería de Guadalest, habiendo antes tomado los trastos que le cediera su padrino, Manuel Mejías, “Bienvenida”. El 13 de mayo de 1931 confirmó la alternativa en Madrid, apadrinado por Cayetano Ordóñez, “Niño de la Palma”, quien le cedió la muerte del toro Giraldillo, de Villamarta. Marchó entonces a México, y, a su regreso a España en 1934, la suerte le fue tan adversa que sólo alcanzó a torear tres tardes. Decidió entonces retornar a su país natal, en donde la menor aspereza de las reses americanas y el mayor entusiasmo de sus compatriotas le proporcionaron las tardes de gloria que, una vez doctorado, le habían negado la fiereza los toros españoles y el rigor de la afición peninsular. El 22 de diciembre de 1940, el toro Cobijero, de la ganadería de Piedras Negras, le asestó una cornada mortal en la plaza de El Toreo.


Alberto Balderas fue un torero muy técnico y no menos garboso, que manejó con soltura el percal y la pañosa, y clavó con acierto y elegancia los rehiletes. Su mayor defecto lo mostró con el acero, ya que no siempre acertaba a matar con rapidez, colocación y limpieza. Por desgracia, fue uno de los muchos toreros de Ultramar que, acostumbrado a la blandura de los toros americanos, no supo adaptarse a la casta del ganado bravo español.

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