Armando Pérez Gutiérrez, atrabancado, loco y genial.

HOY HACE 93 AÑOS
Severísima cornada sufre Carmelo Pérez

Sergio Martín del CampoCronista Taurino
Sergio Martín del Campo
Cronista Taurino

10 de febrero de 1929: “Carmelo Pérez recibe gravísima cornada en el coso de Morelia”. (Martín del Campo Rodríguez Sergio, Tauroefemérides, la historia mundial de la fiesta comprimida en más de 4, 700 fechas importantes, pág. 63. www.fcth.mx).

Aquel percance superado solo era un aviso, una premonición, un bloque doloroso y rojo del desenlace dramático, conmovedor y tremendo que vendría después.

Aquella rotunda sentencia de ¡Ahora van a ver esos hijos de la chingada como se muere un hombre! Antes de muletear a su segundo la tarde de su presentación como novillero en el Toreo de la Condesa, la cumpliría después.

El humano está estructurado de palabras.

El hermano de Silverio era atrabancado, inconsciente y genial.

Dudo que viva aún alguien que haya visto interpretar el toreo a Armando Pérez Gutiérrez.

La mayoría de los juicios que sobre él se han impreso no dejan de ser un mucho temerarios; los de las plumas supuestamente “reconocidas”, incluidos.

El único basamento que se ha tenido en la mayoría de los renglones que han tocado a Carmelo, son las viejas crónicas contemporáneas de éste. Revistas las más.

Se le ha tasado de “revolucionario” –aunque muy poco reconocido el adjetivo-, valiente y loco. Quizás haya tenido un poco de las tres manifestaciones.

Lo cierto es que la osadía de haber “desairado” la técnica enseñada antes de él por los viejos maestros, para meter nuevas maneras a la tauromaquia práctica, le costó la vida. Y la entregó en plena juventud.

Alguien ha mencionado a Aníbal de Iturbide, aficionado y testigo de las hazañas de Carmelo. Aquel llegó a declarar que el texcocano “había pisado terrenos nunca antes pisados”. Algún ensayista afirmó que si “El pasmo de

Triana” había metido una pierna en el terreno del toro, Carmelo ¡había metido las dos! …

Así como de breve fue su trayectoria taurina, fue de intensa. En el muy poco tiempo de haber abrazado la bárbara profesión de lidiador de reses bravas –no había “teofilitos”, ni “bernalditos” ni “fernanditos”-, conmocionó a la crítica y a la afición.

De novillero deslumbrante pasa a la función del doctorado; ésta se dio el 3 de noviembre de 1929 en el Toreo de la colonia Condesa de la capital mexicana. Joaquín Rodríguez “Cagancho” actuó como padrino y Heriberto García como testigo. Los toros anunciados fueron de la legendaria dehesa tlaxcalteca de Piedras Negras.

Lo que sucedió a partir del entronque que tuvo con “Michín” -17 de noviembre de 1930, el Toreo de la Condesa-, es un relato de terror.

“Un año después, en enero de 1931 Carmelo Realiza en Guadalajara la faena más grande de su vida. Hecho pedazos, con el costado sumido por falta de siete costillos, tubo de canalización metido en el pulmón, tuvo el valor inmenso de volver a enfrentarse a un toro. Carmelo volvía por sus fueros”. Cuenta “La Pachis” en su libro “Mi Silverio Pérez, faraón y hombre”.

Y Carmelo decide cruzar el Atlántico para llegar a España, no sin antes ser advertido por los galenos que por ningún motivo fuera a torear. Como buen torero, Carmelo desobedeció la sentencia médica … ¿Sería eso el catalizador de su muerte? El 31 de octubre de 1931, sin compañía, sin dinero y “sin gloria” –los taurinos suelen olvidar pronto- inicia su eterno y sublime desmayo.

Cuando eran efectuadas las diligencias de inhumación en el Panteón de Dolores, un joven dijo a Luis Peláez, mentor que fue de Carmelo: -¡Quiero ser torero! … pero esa … esa es otra historia…

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