¿LA FIESTA EN PAZ?
Acabaron las ofertas de primavera en la Monumental // Mexicanos en Las Ventas

Un aficionado volvió a decirme: “la fiesta de los toros es mucho más rica que los aciertos y desaciertos de las empresas. Olvídate de éstas y dale cabida a otros temas que la fortalezcan”. Mira, repliqué, pasa como con la educación en las escuelas y la televisión: de nada sirve que medio se fomenten la lectura y ciertos valores; las toneladas de basura −escoja partido− en la perversa programación televisiva, abierta o por cable, entorpecen cualquier intento educativo. Lo mismo ocurre con el empresariado taurino en el mundo y sus añejos vicios.

Los jilgueritos del sistema, tan animosos como acríticos, insisten en que asistir a la plaza es la mejor manera de “apoyar a la fiesta”, así, en abstracto, y se olvidan de que acudir a un coso es el último peldaño de una estructura de negocio desatendida hace años: ¿qué productos?, ¿cuáles antecedentes?, ¿con qué combinaciones y ganado?, ¿para qué público?, ¿con qué atractivos?, ¿a qué costos? Desde la alegre época del Cecetla (Centro de Capacitación para Empresarios Taurinos de Lento Aprendizaje), antes Plaza México, el neoliberalismo taurino decidió que era mejor importar figuras en vez de fomentar el surgimiento de diestros nacionales carismáticos y competitivos.

Parafraseando al clásico podría decirse que “cuando no se entiende, no se entiende, y además es imposible”. A esta enésima empresa del coso de Insurgentes le ocurre lo que a Tauromaquia Mexicana, defensora oficiosa de la oferta de espectáculo del sistema taurino, no de la mejor tradición de la fiesta de los toros del país: pretenden defender y cambiar preservando lo establecido y sin desechar lo viciado.

Primaveral botón de muestra en la Plaza México: tres carteles antojadizos que convocaron a escaso público, sin otro atractivo que las ofertas etílicas a elevados precios dentro del inmueble. En el primero, reses de Pozohondo para Calita, Arturo Saldívar y Miguel Aguilar. En el segundo, toros de Santa Fe del Campo para José Mauricio, Luis David, excesivamente premiado, que sustituyó al español Emilio de Justo, y Diego San Román, a quien el juez absurdamente le negó la oreja. Y en el tercero, un encierro parchado con tres de Golondrinas y tres de Arroyo Zarco, para El Zapata, El Galo y Juan Pedro Llaguno, afanosos pero sin resultados.

A cada uno de los festejos no asistió ni un cuarto de plaza (10 mil 500 espectadores), lo que reiteró varias cosas: que a la empresa no le interesó una publicidad más agresiva e imaginativa, que al público no le atrajo esa oferta de espectáculo y, lo más grave, que a la empresa no le preocupa recuperar el interés del público por las corridas, habida cuenta de que no se trata de un negocio autónomo sino subsidiado por un poderoso consorcio.

En la Feria de San Isidro en Las Ventas, volvió a ser notoria la diferencia de trato entre los toreros de un país taurinamente dependiente y otro autosuficiente, que amén de su añejo proteccionismo no requiere de diestros extranjeros para darle interés a la función taurina. Acá, alfombra, toros y fechas escogidas, alternantes a modo y comunicadores postrados; allá, toros de donde sea, alternantes modestos y en cualquier día. Que lo diga Joselito Adame, quien apenas logró colarse en un cartel de tercera, con ganado que rechazan las figuras y alternantes de discreta trayectoria. La voltereta que le dio su segundo pudo ser de fatales consecuencias. Y la fuerte cornada al novillero Arturo Gilio y la Puerta Grande que se le escapó al prometedor Isaac Fonseca por fallar con la espada, y hoy la confirmación de alternativa de Leo Valadez. Dinero sobra, talento y voluntad faltan.

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