Sergio Martín del CampoCronista Taurino

LÓPEZ SIMÓN SALE A HOMBROS Y JERÓNIMO Y RIVERA CORTAN OREJA CADA UNO

Cien años de vida está celebrando la dehesa tlaxcalteca de Rancho Seco, toda suerte que fue fundada en 1922.

Se trata de un hierro emblemático que no con frecuencia se puede apreciar en carteles en los que se imprime el nombre de las llamadas figuras. La casta por delante, ha sido la política certera que han aplicado sus dueños.

Expectación profunda había entre los aficionados de observar el juego de los toros quemados con semejante hierro. Por fin la divisa hondeó en el ruedo de la Monumental aguascalentense que anotó en su haber algo más del cuarto de entrada.

Para celebrar el hecho, el amo del criadero desembarcó un encierro presentado correctamente en trapío, aunque sin uniformidad en tipo, pero la mayoría embistió recargando en los petos, pese a la debilidad de los tres primeros.

De la partida destacaron dos bicornes, el cuarto y el quinto; aquel fue anunciado como “Centenario”, No. 141 de 528 kilos para el que se desgranaron los aplausos en el momento de ser llevados sus restos al desolladero; y éste “Acólito”, No. 197 con 518 kilos de romana. Fue un toro muy importante que descargó su bravura ante el jinete Eduardo Rivera generándole un espectacular tumbo, quien le había propinado un señorial puyazo digno de escultura. Hermoso de lámina, embistió en todo terreno con largueza, claridad e inmejorable estilo. Una oreja fue para su lidiador Fermín Rivera y el arrastre lento para el buen ejemplar.

El primero de la tarde, finísimo de pelo, sacó pezuñas de plomo, frecuentemente se derrumbó sobre el albero y unió las uñas en la superficie. Muy consciente de ello, el poblano Jerónimo (palmas y oreja protestada) procuró cuidarlo dándole tiempo y espacio, logrando dar bosquejos apenas de su profundo arte, cerrando la intervención de estocada efectiva al segundo viaje.

El cuarto era feo de hechuras, pero traía buena sangre. Embistió con poder y casta, sin embargo, esta vez el artístico diestro no se confió jamás, como demandaba la situación, se hizo observar medroso y se granjeó el descontento general y hasta gritos de ¡toro, toro! se escuchó de parte del cotarro. Fue hasta que iniciaron las “golondrinas” de la despedida que, algo motivado, regaló un poco de su formidable plasticidad al torear por derechazos terminando de una estocada delantera, caída y tendida. Así termina en Aguascalientes una carrera taurina interesante. Se trata de un espada de hondísima expresión, que toreó casi siempre al son del mejor vals mexicano.

El segundo bovino, astifino era y bonito de lámina, pero la fuerza no era una de sus cualidades. Viendo eso, el potosino Fermín Rivera (palmas tras aviso y oreja protestada) manifestó su técnica, manteniéndolo en pie, desengañándolo y burilándole un trasteo para los muy entendidos. Lo que eran embestidas cortas fueron toreramente resueltas en tres valiosas series por el pitón derecho. Su hacer merecía, sin embargo, mejor suerte con el estoque.

Precioso castaño albardado se soltó en cuarto turno. Y lo mejor, dio un juego completo con fijeza, claridad, recorrido y mucha clase. Y en medio de esas embestidas llegó una faena de bella ejecutoria capotera primero, y empleo de muleta al tono de su educación taurina después; sin estridencias ni alardes chabacanos. Clásico se vio, empero dejando cierto vacío en muchos. Era para más el toro, según pensaron. En su momento, cerró el capítulo al modo de una estocada trasera y caída.

Idéntico defecto de los dos primeros toros acusó el tercero; terrible esfuerzo le costó acudir a los engaños. También gran esfuerzo aplicó el madrileño López Simón (oreja y oreja) tratando de ganar algo de partido; y finalmente pudo emocionar, dado el empeño y varios derechazos meritorios, no sin pagar con un susto antes de estocada tendida y delantera hecha, eso sí, entregándose de verdad en la ejecución.

El que cerró plazas se dio caro al embestir poderosamente y de mala forma. Nunca otorgó una embestida barata, obligando al peninsular a proponer una faena seria y maciza, llena de pases mandones por ambos flancos, culminando la obra de estupendo espadazo.

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