La feria del santo agricultor Isidro tiene el valor en ella misma. Es dura, serena y severa. Su solemnidad asusta y expulsa a la sátira y al goce profano.

Para bien o mal posee sólida personalidad. Es definitivo y definido su ente, con el toro aparatoso, grande, cuajado, mitificado o no, débil, fuerte, parado o arremetiendo. Es San Isidro, el serial de mayor importancia en el planeta; así es y sea por Dios.

En tal cartelera extensa, por vez primera en su historial de alrededor de cincuenta años, se vieron grabados los nombres de ocho mexicanos: siete matadores y un novillero.

Importante no será el escrutar el porque de tantos puestos –eso fue accidente y coyuntura empresarial-, sino el dictamen de sus mediocres resultados.

¿Qué vida está pasando la tauromaquia mexicana? ¿Qué es de su escuela, su modo y entraña? ¿Qué será de su futuro?

Es claro, no acaba de entrar al proyecto pleno y universal como lo demanda el modernismo y solo se alimenta de sus nostalgias para subsistir y, más bien, para vivir en agonía permanente.

Disculpa sea dada a Saldívar y a Flores – menos suelto que en anteriores actuaciones en Madrid- por mezclarlos en una sola operación gramatical con el fin de sacar un resultado global -estos fueron los que mejor estuvieron, encima de lo malo y lo regular, que, no curiosamente, se acabaron de hornear en España-. El jalisciense fue sacado al tercio y se le aplaudió sinceramente cuando salió por la mitad del anillo una vez acabada la función. Su cara y su paso macizo dijeron mucho. Él no dependía de cortar orejas esa tarde; su ruta va mucho más lejos. Ya vendrán otras tardes en Madrid y hasta la anhelada Puerta Grande.

El petardo del Zotoluco no generó dolor, ni aportó ni quitó al nombre del México taurómaco, es más, ni siquiera amagó en dar preocupaciones porque su insulsa incursión ya estaba asimilada como un hecho; apenas fue el anecdótico paso de un coletudo que a algunos ratificó la licencia para extenderle burlesca carta de retiro; para gritarle al rostro de lo obsoleto, encarnado en él, que la ruta de los intereses personalizados y las ventajistas fórmulas atrofian el desarrollo y evolución de una fiesta rica y añeja pero que no ha aprendido a vivir su momento, que se aletarga en el dolor y se ocupa cómodamente de lamentarse de los vicios del pasado, unos que invariablemente privatiza a Manolo Martínez, cuando de éste quizás haya solo huesos, y no de plantearse proyectos renovadores y frescos.

“El Payo” dejó constancia que lo que hizo en Aguascalientes en la tarde que sustituyó a Joselito, fue momentáneo, que no hay que quedarse en México si se quiere recibir una buena educación taurina y/o evitar contaminarse y que el ejercicio del toreo reclama disciplina, sudor, sacrificio, concentración y vocación y no reflectores, pantallas de televisión ni galanísmos actuados.

Ignacio Garibay y Fermín Spínola regresaron a la Monumental madrileña, aquel sin méritos, éste con ellos, a redescubrir que el organismo taurómaco nacional está hecho para desperdiciar buenos toreros, usarlos un tiempo, aburrirlos y luego remitirlos al mundo de la mediocridad.

En Diego Silveti hay un gran torero; se revelará cuando él lo desee. Una vez absorbido el verdadero anhelo, abandonará su actitud de divo y las posturas fingidas para entregarse ardorosamente al viejo y dramático ritual de la tauromaquia. Entenderá entonces que torear no es pegar pases, que las grandes y estrujantes faenas nacen a partir del temple y el mando y que hay que desarrollar el sentido de los espacios para trasplantarse en la órbita que cada toro exija para ofrecerles motivos que les obliguen a atacar y, consecuentemente, poder engranar las series. Aquel de la confirmación era un torazo de Puerta Grande, o por lo menos de oreja; embistió franco, derecho y con fuerza y jamás hizo ningún extraño, sin embargo el dinástico joven estuvo más preocupado de la estética y la superficie que del fondo del toreo y fue incapacitado por ello como para haber hecho detonar el trasteo grande. Sigue siendo más cuento que verdad; ya en Aguascalientes y con cinco toros no había dicho mucho como diestro.

Juan Pablo Sánchez fue también a confirmar su título profesional con un cartel estupendo: Morante de la Puebla de padrino y Alejandro Talavante como testigo. El hidrocálido cumplió y con el sexto ofreció un poco su tozudo perfil pero lo que transpiró no halló eco total. Los arrimones que se aprecian en Iberia distan demasiado de los que se aplauden en México. Y si bien, se le vio pulcro, el episodio de los aficionados de nuestra patria ponen su índice en el entramado que le administra y que le “acomoda” demasiado los carteles y esto para él es una carga adicional o guadaña de dos filos. Su meta personal se cree que es ambiciosa y en Europa están levantadas muchas plazas también de importancia suma, deberá ir pisándolas poco a poco y justificando los espacios, tiene con qué y sabe cómo.

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