Sergio Martín del CampoCronista Taurino

MANSADA SUPERADA POR CORTESÍA DE LA ESTANCIA

Vaya función paradójica, y delante de tanta gente, ya que por nada se llena la Monumental de los Herederos de Alberto Bailleres en lo que fue la décimo segunda corrida de la Feria de San Marcos.

Fue débil el que se supone que debió ser fuerte. Manso el que supone que debió ser bravo. Se entiende que la fiesta brava es de toros que acuden a las telas y quien las maneja, por consecuencia, ha de parar, templar y mandar. No obstante, nada de eso se pudo ver en esta fatal y lamentable corrida.

Se presentía más que complicado que los encierros de Fernando de la Mora, Bernaldo de Quiros y Xajay fueran superados en mansedumbre; pero para esta tarde le tocó a La Estancia remitir seis ejemplares, y se puso por encima de los hierros mencionados, cuyos dueños son unos de los más enconados adversarios de la fiesta brava, en mansedumbre, descastamiento y sosería.

El encierro fue compuesto por bicornes bonitos de lámina y de correcto trapío, empero sosos hasta el hartazgo. Anótese que todos fueron a los jinetes, unos cumpliendo y otros recargando, aunque en el tercio de muleta la partida entera se descuageringó. Como justo evalúo, los restos de los seis se arrastraron entre la silbatina general.

Fue rédito lógico de tanto y tan equivocadamente chiquear a los comodinos espadas que figuran.

El aplauso sincero, franco, sentido y abierto esta vez se le debe dar a la fiesta en sí, por sobrevivir pese a tener dentro a tanto “taurino”.

El primero era un asno con cuernos sospechosos, disfrazado de toro de lidia. Algo indigno de cualquiera que se tenga honor de llamarse ganadero. Por mejor filial, débil como señorita. Antonio Ferrera (división y palmas), presunto lidiador, no encontró modo de hacerle algo que se pudiera llamar toreo. 

La misma carencia tuvo el cuarto, y ello evitó que desarrollara un punto de clase y nobleza que tuvo. El empeño del peninsular se diluyó tristemente al chocar con esa inconveniencia, y nada interesante sucedió.

Primoroso de pelaje y hechuras fue el segundo de la función; lució capa berrenda en cárdeno, bragado, careto y gargantillo. Y para dolores del alma, en la misma proporción, manso y, en un momento dado, hasta de cierto peligro. Con aquel buey mañoso, parece increíble, pero bien se vio José Mauricio (silencio, división y palmas en el de obsequio). Muy por encima de su indeseable antagonista estuvo. Ahí quedaron sus enérgicos doblones y algún derechazo que surgió por milagro.

La hermosura del astipuntal quinto hizo contrapartida con su mansedumbre. Para crecimiento de los males, antes del inicio del último tercio se fracturó el pitón izquierdo al rematar salvajemente en un burladero de aviso. Ante ello, el buen torero decidió sintetizar el desencantador trago, no sin sufrir al desenfundar el estoque.

En mala hora se le ocurrió regalar un séptimo; la puntada lagueña se dimensionó por haber decidido soltar al tercer reserva, proveniente de otra casa de pésima nota: Bernaldo de Quiros….

Paliabierto, y también berrendo en cárdeno, salió el tercero. Como mostró algo de movilidad durante el primer tercio y Joselito Adame (palmas y dos orejas chabacanas protestadas por la mayoría) posee notada experiencia y reconocido oficio, se apreció una labor capotera emocionante y variada. Pero en el tercio mortal pesó la mansedumbre y debilidad del adversario, y éstas sobresalieron al empeño del coletudo.

Un sardo salinero, también de finas hechuras, cerró oficialmente el festejo. Al demostrar cierta prestancia en los dos primeros tercios, el diestro le toreó plácidamente y derramando variedad al abrir la capa; luego le ejecutó el segundo tercio preciso y emocionante. Ya en el episodio muletero, respaldado por gran insistencia, desgajó pocos pases a aquel monumento a la mansedumbre. Incluso hubo de pisarle los terrenos para el efecto. En la suerte suprema se fue por derecho y cobró un espadazo delantero pero efectivo y llegaron las dos orejas que no dejaron de ser bastante choneras.

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