Paredes y piso son de madera, obviamente que los muebles también, la cabaña es enorme, al igual que debe de haber sido el precio de su construcción, lujo por todos lados, vitrinas muy grandes donde su propietario guarda un verdadero arsenal, armas finas y de varios calibres, largas y cortas, a un lado muy bien enmarcados los permisos para tenerlas. Atrás de la barra las botellas de whisky, coñac y tequila se cuentan por decenas, bebidas que se sirven en el guacal curtido de los testículos de los animales que “deportivamente” a conseguido. Colgadas hay cabezas de tres leones, de dos tigres, seis cebras, cuatro antílopes, infinidad de venados, de pumas y de leopardos, hipopótamos, cocodrilos, aguilas, quebrantahuesos y por supuesto que llaman la atención de todos las dos enormes de elefantes de grandes colmillos, sin faltar osos que inclusive varias pieles son tapetes al lado de la chimenea. Afuera el paisaje es predominantemente bello, la construcción es en la ladera de un pequeño cerro lleno de pinos y flores que por las mañanas las cubre la neblina, el rocío las tiene muy bien hidratadas, desde luego que ya están aclimatadas al frío mañanero. Por la noche el cielo parece no verse de tanta estrella y el cuello estalla de dolor al no querer dirigir la vista a otro punto.

Pepe, su propietario, lo es también de una reconocida agencia automotriz de autos japoneses, de otros ranchos agrícolas y ganaderos, todos de ganado manso, fincas en la ciudad y esto le da el tiempo suficiente para viajar a otros continentes en busca de las presas que posteriormente presume.

Cierta mañana disfrutábamos de suculento desayuno y fue cuando se me ocurrió mencionarle que sus logros estaban incompletos, que le faltaba colgar la cabeza de un toro de lidia, y velozmente me solicitó se la consiguiera a como diera lugar, costase lo que costase y aquí fue donde terminó la charla.

Muy serio retiró su plato sin terminar sus alimentos, me pidió le acompañara a la ciudad. Al llegar de inmediato se dirigió al lugar donde los autobuses toman diferentes rutas y agriamente me decía que nuestra amistad había terminado, que le había ofendido y que regresara a mi casa. Entendí de inmediato su petición y con agrado le volví a repetir las palabras que le ofendieron y omití lineas arriba…

“Insisto Pepe, te falta colgar la cabeza de un toro bravo, hazlo, pero hazlo sin las ventajas de una arma con mira telescópica, hazlo a cuerpo limpio, hazlo de tal manera que te puedas ufanar de tu hazaña y no escudado a decenas de metros de los animales y con un rifle”. Agregue… “Ah, y por mi parte te tomo la palabra de olvidar nuestra amistad”.

Me retiraba de la lujosa camioneta y alcance a escuchar… “Pinches toreros asesinos”… Lo tomé como dicen dan las patadas los que están por ahogarse. Abordé el autobús alarmando a mis compañeros de viaje que asustados veían como por momentos quería disimular las carcajadas que me brotaban al recordar “la valentía de mi ex amigo”. Al llegar a casa mientras cenaba las risas seguían pero dormí como niño recién nacido… Nos Vemos.

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