El prestigio que ha ganado ENRIQUE PONCE se debe principalmente a su ESTÉTICA. Una belleza de forma que no hemos de negar y con la que se encaramó a un sitio de privilegio en el gusto de la afición.

En mi caso particular -que no soy especialmente adepto a los toreros de espejo- admiro en cambio, por encima de la plasticidad, el OFICIO genial del valenciano. Esa su capacidad asombrosa de cuajar un gran porcentaje de toros, teniendo estos características tan diversas de conducta, no siempre propicias o fáciles. Es una tauromaquia muy personal que PONCE ha desarrollado con la virtud adicional de ser extremadamente discreta, de no dejarse ver. Sus recursos técnicos no son tan evidentes como la belleza de línea en su toreo. Pero funciona. Esa es la finalidad del oficio: resolver problemas para después lograr el toreo, la expresión y la comunicación con el público.

Así lo hizo el pasado domingo el de Chiva con sus tres enemigos. Toros tardos, que regateaban, sosos, embistiendo más con el morro que metiendo los pitones y con recorrido corto. Pero en el pecado llevó la penitencia puesto que él escogió ese ganado de TEÓFILO GÓMEZ a sabiendas que de tal procedencia los ejemplares padecen un grave descastamiento. No obstante, hay que reconocerle que lidió su penitencia con maestría y construyó trasteos donde parecía no haberlos; consintiendo a los astados de tal manera que luego iban imantados a su muleta prolongándose increíblemente la dimensión de su viaje. Un milagro del que no cualquiera se percata porque eso viene oculto. Oculto como los cimientos del edificio.

Lo más evidente siempre será lo exterior, la colocación de la cabeza, de la pierna, del pecho. Pero sin estructura interna, no hay monumento.

Por otro lado, y aunque la apreciación a simple vista de la edad de los toros tiene un alto grado de relatividad y margen de error, me precio de reconocer un toro cuando lo veo. La semana pasada protesté aquí por el delincuencial atrevimiento de ENRIQUE PONCE de torear erales en la venezolana plaza de Mérida y no le resto ni una coma a mi protesta. Esa desfachatez sigue impune. Pero también debo reconocer que en la “México” el hispano lidió toros.

Venir a decir que PONCE siempre se enfrenta a novillos me parece una necedad. Seré el primero en denunciar cuando lo haga, pero también reconoceré cuando en la plaza, como fue el caso, se presenta el toro adulto. Es esa la tarea y la obligación del periodista, la de reflejar hechos, con objetividad y humildad; no la de mentir con soberbia volcando en su trabajo sus personales traumas, fobias, filias o anhelos.

Quizá desde el comienzo de la humanidad existe en el hombre un defecto de inocencia y de inseguridad, el de criticar y ponerle peros a todo con el propósito de demostrar sabiduría y superioridad. Es un inconsciente afán de hacerse respetar. Y muchas veces funciona. Hay mentes todavía más inocentes e inseguras que se dejan impresionar por aquellos a los que nada les parece bien, a los que nada les acomoda. Los que siempre andan pontificando con el índice en alto, el párpado a media asta y la ceja levantada. Son de los primeros que hay que desconfiar, no sin una buena dosis de compasión.

En este mismo sentido, creo que fue más que merecido el rabo con el que se premió al rejoneador HERMOSO DE MENDOZA. Tampoco el toro de Los Encinos estaba sobrado de celo y eso resta enormidades a la emoción y brillantez de la faena; sin embargo el navarro puso toda su experiencia, su repertorio y su voluntad para compensar las deficiencias de su oponente. Hizo el toreo en su mejor expresión, que no es lo mismo que sólo pasar y clavar. Por supuesto que merecía el rabo; dicho objetiva y humildemente. Sin alzar el índice, ni la ceja.

Correo electrónico: teran.paco@gmail.com

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