Sergio Martín del CampoCronista Taurino

OREJA PARA “EL JULI” Y EL RECONOCIMIENTO PARA LEO ANTE UNA MANSADA DE MIMIAHUAPAM

Un punto arriba de la media entrada se registró en la contabilidad de la Monumental de os Herederos de Alberto Bailleres.

Ellos mismos se encargaron de poner el ganado para esta sexta corrida del ciclo ferial sanmarqueño. Mandaron seis bovinos de uno de sus criaderos, San Miguel de Mimiahuapam esta vez. Pero la mansedumbre desmoronó la función que el público esperaba de mayor éxito.

Se trató de un encierro para no asustar a nadie. El cuarto desentonó en presencia con el resto de sus compañeros de patíbulo y el lote del español mostró sospechas en sus pitones. Contrariado por el mal juego, los del tendido abuchearon en el arrastre al tercero, al cuarto y al quinto, siendo aplaudidos absurdamente los despojos del quinto.

Con las manos muy bajas, luego de empapar al primer bicorne en el centro del capote, “El Juli” (oreja y palmas) lanceó suave y bellamente. Se deshizo del engaño grande luego de proponer un limpio quite al modo de Chicuelo. La cierta nobleza, algo de claridad y la clase del adversario, ya en el último tercio, fueron suficientes para que, en la zona del tercio, formulara un trasteo serio, de buen entendimiento, donde hubo derechazos y naturales casi en la raya del pitón, remachando con una estocada de pulcrísima ejecución y buena colocación.

Continuó la mansa muestra el cuarto. No se niegue la disposición que ofreció el peninsular, pero la realidad fue que aquello resultó un ejemplo de modestísimo espectáculo. Fiesta disminuida con un hombre en escena que posee un lugar muy grande pero doble moral, y un bóvido impresentable, que de bravo nada tenía. En suma, los ibéricos siguen mofándose y enriqueciéndose en esta otrora Nueva España, amparados por un sistema de poca honra. “Una cosa es la que ves, y otra lo que es”. Atención y seriedad ponga el público, que es el que paga.

Sosería formidable fue lo que externó el segundo; sin embargo, el hidrocálido Leo Valadéz (palmas y al tercio) trae sitio sólido y ha desarrollado oficio bárbaro. Aún con aquella inconveniencia le ganó un partido estupendo. Manejó los tiempos y las distancias mejor que correctamente, sin agobiar ni exigir al contrario, logrando pases de excelente manufactura. La mancha se presentó al modo de pinchazo antes de la buena estocada.

El tercero sí era un toro; y aunque complicado, resistiéndose a embestir y procurando retornarse sobre las delanteras, el diestro se manifestó entregado y variado. Primero presentó amplio repertorio al usar el capote hasta levantar de sus butacas al entusiasta cotarro; luego banderilleó, invitando el segundo par al subalterno Fermín Quiroz, quien se lució, y finalmente trazando con la sarga una faena de formidables muletazos de aguante y valor a prueba de todo. Uno a uno los arrancó, jugándosela sin chapuzas. La desilusión arribó, nuevamente, cuando presentó larga serie de pinchazos, diluyendo la posibilidad de ser premiado con las orejas.

Todo lo hizo ante el tercero el joven aguascalentense Miguel Aguilar (palmas en su lote). Le apostó hasta el último quinto, no valiendo nada éste. Era un manso de campeonato. Ahínco puso el diestro, pero lo único que logró fueron pocos muletazos de mucha limpieza, antes interpretó verónicas y saltilleras tan suaves como la seda, acabando de espadazo pasado y descabello.

El sexto cerró el desfile de sosería. Lo único bueno de la nota lo motivó el torero por su afán que, para mala fortuna, no provocó el eco que todos deseaban.

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