Sergio Martín del CampoCronista Taurino

Se abrieron por tercera tarde consecutiva las rejas del inmueble taurómaco de la otrora rambla “Adolfo López Mateos” –que se anotó tres cuartos de entrada-, ahora para dar curso a la cuarta corrida del serial sanmarqueño.

A gusto, seguramente, del “Juli”, se mercó un encierro de Fernando de la Mora. Para esta función, el hombre remitió un encierro cuajado, con una partida de toros hechos, de adulta edad bien acusada; sin uniformidad en tipo, sin embargo, y descastados, sosos y débiles en su mayoría, centrales características del criadero. Varios sospechosos de pitones –los tres primeros- y otros hermosos de lámina –el lote del peninsular-. Los tres últimos fueron repelidos con salva de pitos cuando sus despojos eran llevados al destazadero; esto, en atención merecida a su manso juego.

De modo absurdo, para quedar bien con quien sabe quién, el juez ordenó el arrastre lento para el tercero. Quizás para no desilusionar al ganadero. “Si dijeron amarte, y no te amaron, si dijeron quererte, y te engañaron, perdona al corazón que te ha mentido, por lo feliz que con mentir te hicieron”.

Quienes se adueñaron de la tarde fueron los queretanos Octavio García “El Payo” y Diego Sanromán. En ellos hay un par de toreros sensacionales. Como pleitesía a su sensacional actuación, fueron sacados del coso en hombros.

Con 24 años de doctorado, cada campaña matriculándose en los primeros renglones del escalafón, y una suficiencia nata pasmosa, “El Juli” (palmas y división) es, indiscutiblemente, un maestro. Con un profesionalismo nada extraño, se clavó en la arena, muy cerca del soso ungulado, su primero, que espíritu de borrego tenía, y le arrancó un partido que se retrató en muletazos nítidos por ambos cuernos, no sin antes haber toreado excelentemente con la capa. La baja vino cuando, lamentablemente, se vio desatinado en la suerte suprema.

Su segundo acusó la marca de la casa: sosería y debilidad, y ante ello se estrelló el afán del peninsular tratando de hacerle algo de interés. Para malas, nuevamente estuvo no del todo bien al emplear la espada.

Hondos lances fueron con los que dio las buenas tardes “El Payo” (dos orejas y palmas) a su primero, un ejemplar cabalmente soso al que, llegado a la muleta, le aplicó paciencia y temple para dar como resultado una labor de notada estructura, donde brillaron el derechazo y el natural, sobre todo por la estética mostrada. Pese a que en la parte ecuatorial de su quehacer acusó el mal renal bien conocido por la afición, retornó al toro y dio acabado a la responsabilidad. Coronó su labor como merecía, interpretando buena estocada que provocó que doblara la res sin puntilla.

El quinto tampoco negó la cruz de su parroquia, sobre todo la debilidad, y esta vez desilusionó a toda la concurrencia. Hizo el esfuerzo inútilmente y mejor sintetizó el asunto.

El tercero nunca embistió, pero pasó numerosas ocasiones, y ello fue aprovechado por el joven queretano Diego Sanromán (dos orejas y al tercio) para torearlo bien y variadamente con la capa, y posteriormente con la sarga, interpretándole senda faena de estructura sobresaliente. Sus pases por ambos lados resultaron largos y llenos de temple, adornándoles cuando pisó la arena macizamente y doblando con sentimiento la cintura. No le pesó el comprometido cartel, se le vio desahogado y desenvolviéndose de modo estupendo. Consciente del éxito alcanzado al usar las telas, preparó muy bien la suerte suprema y, pese a quedar desprendido el estoque, el espadazo fue efectivo.

El sexto fue un formidable buey; inspiraba uncirle el arado. Muy por encima de él se posó el espigado coletudo. Se paró, aguantó, le rogó y extrájole muletazos de cargado mérito. Un arrimón fue el suyo en donde se dejó tocar con los diamantes los brocados de su terno a la altura de los muslos. Todo sin perder ni el color del rostro y mucho menos la compostura. Tenía otra oreja por demás ganada, pero antes de su buena estocada, dejó el arma hilvanada en la piel del burel.

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