Sergio Martín del CampoCronista Taurino

SOLITARIA VUELTA DE UREÑA ANTE UNA TERRIBLE MANSADA DE XAJAY Y VILLAR DEL ÁGUILA

Tal vez el público presintió el paupérrimo resultado de la octava función del serial sanmarqueño, o cerró sus billeteras para otros gastos importantes, o se guardó para asistir a la tarde de este sábado 30, pero la evaluación más acercada a la realidad es que el graderío de la Plaza Monumental aguascalentense anotó apenas un punto arriba del tercio de entrada.

El enfado, el sopor y el aburrimiento fueron el común durante toda la tarde. Los “culpables”, aquellos ejemplares de Xajay y Villar del Águila –explotación hermana de la primera- que inundaron de mansedumbre el anillo y que constantemente rodaron sobre el albero.

Dispareja en tipo, con trapío apenas en la división de lo aceptable, la corrida se ha ganado a mera ley el sitio como la más mala en lo que va de feria.

En la suerte de varas, los piqueros apenas sí les enseñaron los filos de las almendras. El escaso público manifestó fuertemente su descontento con abucheos, cuando eran llevados al patio de tablajeros los restos del primero, segundo, cuarto y sexto.

La humilde suma del festejo fue una solitaria vuelta al ruedo de Paco Ureña.

Intrascendente fue la comparecencia de Arturo Saldívar, pese al esfuerzo que realizó ante su segundo. Se ha convertido en un diestro involutivo que, además, anda perdido con el estoque.

Juan Pedro Llaguno, de alternativa reciente, hizo su presentación como matador en tratándose de Aguascalientes, y es justo reconocer el ardor con que se le vio. Hay modo de esperarlo todavía.

Mecidas y señoriales verónicas fueron las que interpretó el murciano Paco Ureña (al tercio y vuelta tras petición) al abrir su capa. Al tomar la muleta se encontró con un bicorne desesperantemente falto de poder, por lo que únicamente le quedó al diestro dejarse ver afanoso, resolviendo la situación sin agobios y estoqueando fácilmente.

El cuarto bovino estaba cortado con idéntico filo que los anteriores. Llevando la testa en alto, iba pretendiendo dar topes. Pero el peninsular, con mucho oficio y honor, puso lo que faltaba y, por ahí, de la parte ecuatorial del quehacer, logró desgajarle algunas series cortas pero meritorias que calentaron a la clientela. Como matara al primer viaje, aunque de estocada caída, y en atención a la enjundia que derramó, recorrió el ruedo en paralelo a las maderas, cuando bien merecía la oreja que el juez negó rotundamente.

Arturo Saldívar (pitos y palmas) echó por delante un cárdeno tan soso y débil como su hermano que abrió plaza. A pesar de la insistencia del diestro, no logró extraer al cotarro del círculo de enfado y la aburrición, y sí generando mayor descontento al exhibirse fatal con las armas.

Su segundo, sin dejar de acusar carencias severas de casta, manifestó algo de movilidad. El coletudo, por su lado, dio de su parte: ahínco. Algo de fiestas le hizo, borrando un poco la contrariedad del respetable por el poco juego de lo que iba de encierro hasta ese momento. Desatinado se observó nuevamente al empuñar el estoque y todo se cerró tal se escribió anteriormente.

Ardoroso se destapó Juan pedro Llaguno (silencio tras aviso y silencio) en los primeros tercios: variado al usar la capa y con facultades en la ejecución al empuñar las banderillas. Y como no decayó su ánimo al tomar la pañosa, puso dar una labor entregada y entretenida pese a la sosería del adversario, al que mató después de una larga serie de golpes con la de cruceta, luego de un pinchazo hondo, convirtiendo los aplausos en protestas.

Lo único bueno del sexto fue su astifina cornamenta y su bella lámina, pues manifestó tal mansedumbre que al joven, por mayor lucha que hizo, le resultó imposible sacar algo de provecho.

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