A partir de la actuación de JOSÉ TOMÁS el domingo en la “México” las cosas han ido demasiado lejos. Por supuesto que es saludable para la Fiesta que, con motivo de ella o en su seno, se encienda la polémica; pero tampoco es para sacar los alegatos de quicio.

Los antitomasistas quieren acabarse al torero para siempre; ahora para ellos es lo peor que ha existido, es poco menos que un truhán y culpable -casi- de todos los males del mundo; le fabrican faltas donde no las tiene y ahora osan ventajosamente hacer leña con él.

Los istas, por su lado, pretenden vanamente demostrar que lo poco que hizo el de Galapagar puede coronar las cumbres de la tauromaquia de todos los tiempos, que no lo merece la tierra que pisa y que las más grandes figuras del toreo en la historia son algo menos que aprendices al lado de sus zapatillas. Vestir inocentemente esa vitola sólo puede significar que se han perdido de ver a verdaderas glorias de la tauromaquia o que las han olvidado. No caeré yo en esa falta de respeto y en esa grosera simpleza.

Ambas posturas se equivocan. Como todo en la vida, desgarrarse las vestiduras desde los fundamentalismos y posiciones extremas no es si no la demostración de las propias inseguridades, de la ignorancia, de intentar defender lo indefendible con gritos, ofensas y burlas.

Es hora de volver al centro de la reflexión sin que por ello se pierda el placer del apasionamiento, que es lo que le da sentido a la afición taurina. Antes de entrar al análisis, prometo hablar de la actuación de JOSELITO ADAME próximamente.

Regresemos al de ultramar, a JT, a quien ni odio ni idolatro. Estoy en paz con él. Las tres o cuatro veces que lo he tratado, ha sido amable y sencillo conmigo; me ha concedido entrevistas para radio y televisión y me parece una persona más que correcta.

Si no se deja televisar, no tengo problema. Si hubo desproporcionada reventa para verlo, no lo hace mejor ni peor delante del toro. No me importa que no se publicaran previamente fotos de los toros. Tampoco tengo problema con la presentación de los toros. Todos los que el domingo aparecieron, incluyendo el devuelto y el sustituto, me parecieron aceptables de trapío. Quien llame a eso “novillos” me hace sospechar que no entiende de toros, que no sabe los límites del encaste mexicano o que, otra vez, encuentra en esa protesta la válvula de escape a íntimas frustraciones.

Lo que no hubo en aquellos toros es algo muchísimo más determinante, raza, bravura que imponga sentido del verdadero riesgo.

Son enormemente plausibles dos resultados que provocó la mercadotecnia de JT: que la plaza se haya vuelto a llenar y el ambientazo reinante. Eso lo necesitamos cada domingo. Gracias torero.

No tuvo el madrileño, como digo, el toro que acomete con fiereza y que le permite desarrollar ese estilo que le ha dado fama, el de un temerario que obliga verlo en el filo del asiento. El tipo de toreo que lo convierte en mártir heroico, en víctima redentora que tanto seduce al ser humano. Ese proceder que apenas esbozó en su primero con su valerosísimo estoicismo y en el que fue alcanzado y derribado porque se pone en el sitio de los que cobran caro y también por alguna deficiencia técnica a la hora del toque oportuno. Admiro y respeto muy sinceramente la valentía de JT y creo que por su disposición al sacrificio bien merecía esa oreja.

En su segundo dio muletazos muy buenos de verdad aprovechando a ley el estupendo estilo del cárdeno; claro, entre varios enganchones como en su primero; también hay que decirlo. Pero así es JT y así lo asumo. No como el maestro del oficio ni como el esteta, sino como el tremendista de gran categoría, dignidad y personalidad.

No saquemos las cosas de quicio. A JOSÉ TOMÁS, ni quemarlo en la hoguera ni aquello que se dice en mi pueblo: “El que no conoce a Dios, a cualquier barbón se le hinca”.
Correo electrónico: teran.paco@gmail.com

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